Por Abril Peña
El 30 de marzo de 1844, apenas 28 días después de la proclamación de la independencia dominicana, el ejército haitiano lanzó su ofensiva sobre Santiago. No era un ataque cualquiera, era el intento de borrar de un golpe lo que acababa de nacer, de demostrar que la independencia proclamada el 27 de febrero era una ilusión que no sobreviviría al primer empujón serio.
Pero no contaron con Imbert, el general José María Imbert, llamado por la Junta de Gobierno apenas tres días antes del combate, fortificó la ciudad, construyó fosos, levantó los fuertes “Dios”, “Patria” y “Libertad” y adestró a sus hombres en el manejo de las armas con una velocidad que hoy asombra. No tenía el tiempo ni los recursos de un ejército consolidado, tenía algo más difícil de fabricar y más difícil de vencer: un pueblo que había decidido que no había marcha atrás.
A pesar de la superioridad numérica y armamentística del ejército haitiano, los dominicanos, armados solo con su coraje y su determinación de ser libres, evitaron que los invasores volvieran a apoderarse de una sola pulgada del territorio. Los Andulleros de Fernando Valerio López jugaron un papel decisivo, muchos de ellos murieron con sus lanzas en las manos, pero los demás no se amedrentaron y continuaron la lucha. Eso no es retórica patriótica, eso es lo que pasó, hombres con lanzas enfrentando a un ejército superior y ganando, porque la ecuación del poder no siempre la resuelven los números.
El general Pierrot, derrotado y humillado, tuvo que pedir tregua para recoger sus muertos del campo de batalla. La independencia dominicana sobrevivió su segunda gran prueba.
Hoy, 182 años después, vale la pena detenerse en algo que los libros de historia suelen pasar por encima: esa victoria no la ganó solo el ejército. La ganó también el comerciante que donó su dinero para comprar armas, la familia que abrió su casa para refugiar a los heridos, el ciudadano de Santiago que entendió que defender la ciudad era defender algo que le pertenecía. La batalla de Santiago fue un gran ejemplo de lo que es capaz de realizar un pueblo cuando hala la cuerda en la misma dirección. Eso es lo que se conmemora hoy, no solo el triunfo militar sino la decisión colectiva de ser un país, tomada bajo presión, con recursos escasos y sin garantía de éxito.
Y ahí está la pregunta que esta fecha nos hace cada año y que cada año esquivamos con más comodidad que la anterior. ¿Somos capaces hoy de halar la cuerda en la misma dirección?
No en un campo de batalla, porque afortunadamente ese no es el escenario que enfrentamos, sino en las batallas que sí son nuestras, la de construir instituciones que resistan la presión del poder, la de defender una justicia que no se doble ante quien manda, la de sostener una conversación pública honesta en un ecosistema de medios y redes donde el relato más conveniente suele ganarle al más verdadero, la de exigirle a nuestra clase política la visión de largo plazo que los hombres del 30 de marzo tuvieron que improvisar en tres días porque no había tiempo para más.
Imbert no tenía garantías cuando levantó los fuertes “Dios”, “Patria” y “Libertad”. Tenía convicción y tenía un pueblo que decidió acompañarlo. Eso fue suficiente para ganar una batalla que en el papel estaba perdida.
Las batallas de hoy son más lentas, más grises y más difíciles de nombrar que un enfrentamiento en campo abierto, pero son igualmente decisivas, porque un país que no defiende sus instituciones, su soberanía económica, su independencia de criterio y su capacidad de producir lo que necesita para vivir, está perdiendo territorio igual que si lo perdiera en un campo de guerra, solo que sin los tambores y sin el honor de saber que está peleando.
Los que cayeron con sus lanzas en las manos el 30 de marzo de 1844 merecen algo más que un discurso oficial y una efeméride en el calendario. Merecen que el país que defendieron sea capaz de mirarse con honestidad y preguntarse si estamos a la altura de lo que ellos creyeron que éramos.
Hace 182 años supimos responder esa pregunta, la pregunta sigue siendo la misma, la respuesta está en veremos.