En 2 días y como cada 8 de marzo el mundo hablara de igualdad, de derechos y de empoderamiento femenino. Se publicarán mensajes, se organizarán actos, se pronunciaran discursos y las redes sociales se llenarán de felicitaciones.
Pero más allá de los gestos simbólicos, la pregunta que debe hacerse cualquier sociedad es mucho más profunda:
¿En qué situación real viven hoy las mujeres?
En la República Dominicana la respuesta es compleja. Por un lado, el país ha experimentado cambios importantes. Hoy las mujeres dominicanas están más preparadas que nunca. Son mayoría en muchas universidades, lideran empresas, participan en la vida pública y se han abierto paso en profesiones que durante décadas estuvieron dominadas por hombres.
El talento femenino en el país es evidente. Sin embargo, ese avance convive con una realidad mucho más dura.
Cada año los feminicidios vuelven a estremecer al país, recordándonos que para muchas mujeres la violencia sigue siendo una amenaza cotidiana. La seguridad, que debería ser un derecho básico, continúa siendo una deuda pendiente para miles de dominicanas.
Pero el problema no se limita a la violencia. También se refleja en las brechas salariales, en la desigual distribución del trabajo doméstico, en las dificultades para conciliar la vida laboral con la familiar y, sobre todo, en la limitada presencia femenina en los espacios donde realmente se toman las decisiones.
La paradoja dominicana es clara: tenemos mujeres cada vez más preparadas, pero el poder sigue estando concentrado.
En política, en grandes estructuras económicas y en los principales centros de decisión, la participación femenina todavía no refleja el peso real de las mujeres en la sociedad. Y eso no es solo un problema de representación. Es un problema de democracia.
Porque cuando la mitad de la población no tiene una presencia real en los espacios de poder, las decisiones del país inevitablemente quedan incompletas.
La igualdad de género no se alcanza con discursos cada mes de marzo ni con gestos simbólicos en redes sociales. Requiere políticas públicas sostenidas, instituciones que funcionen, justicia efectiva frente a la violencia y oportunidades económicas reales para millones de mujeres.
Pero también exige algo más difícil: un cambio cultural profundo.
Todavía persisten estereotipos que condicionan el papel de la mujer en la sociedad, que limitan su desarrollo y que muchas veces normalizan formas de discriminación que deberían estar superadas.
El desafío, por tanto, no es solo del Estado. Es de toda la sociedad. Porque un país que limita el potencial de sus mujeres está limitando su propio futuro. Este 8 de marzo no debería ser solo un día de flores o mensajes conmemorativos.
Debería ser, sobre todo, un momento para mirar con honestidad dónde estamos y cuánto nos falta por avanzar.
La historia ha demostrado que las sociedades progresan cuando amplían oportunidades y rompen barreras.
La República Dominicana no será la excepción. Pero para que eso ocurra, la igualdad debe dejar de ser un discurso y convertirse en una prioridad real.
Porque una democracia verdaderamente fuerte es aquella donde las mujeres no solo están presentes. También deciden.