@abrilpenaabrru
Los países fuertes suelen tener algo en común: una identidad fuerte, una cultura que trasciende fronteras y una diáspora que, aunque pase décadas fuera, mantiene costumbres, valores y un sentido de pertenencia.
En el libro Cuentos Chinos, de Andrés Oppenheimer, se analiza cómo varios países que lograron salir del subdesarrollo entendieron algo clave: acercarse a su diáspora, invertir en ella y fortalecer el vínculo con sus nacionales en el exterior. ¿La apuesta? Que ese crecimiento eventualmente se revirtiera hacia sus países de origen gracias a un fuerte sentido de comunidad e identidad.
Y ahí es donde los países —y sus ciudadanos— tienen que ser cuidadosos.
No es un secreto para nadie que en República Dominicana hemos invertido poco en fortalecer nuestra identidad cultural y nuestro relato nacional. No entraremos hoy en las razones; el hecho está ahí, a ojos vistas. Pero precisamente por eso, lo poco que queda debe protegerse.
Porque no todo el que desciende de dominicanos se siente dominicano. Y no toda persona con raíces dominicanas merece automáticamente el empujón político, económico o simbólico de nuestra comunidad.
En Nueva York se libra una contienda de medio término y una de las candidatas, descendiente de dominicanos, ha acudido precisamente al voto dominicano, una de las comunidades más organizadas y políticamente relevantes de la ciudad. El problema es que basta leer publicaciones suyas —luego borradas— para preguntarnos si realmente comparte algún vínculo emocional, cultural o incluso de respeto hacia el país cuya comunidad hoy busca representar.
Frases como:
“De verdad pudimos haber tenido una Quisqueya libre, negra y unificada”.
“Ese maldito nacionalismo es la razón por la que no pongo la bandera en mi perfil”.
“Tengo la bandera dominicana guardada en el clóset y la uso para limpiar el polvo”.
“Ver tantas banderas dominicanas juntas me genera disonancia”.
O su visión de “un mundo sin fronteras, sin prisiones ni policía” no son simples opiniones aisladas; reflejan una visión ideológica que muchos dominicanos tienen derecho a evaluar antes de entregar apoyo político automático.
Y ojo: no se trata de pensar igual, ni de exigir patriotismo performático. Se trata de algo más básico: coherencia.
¿Tiene sentido pedir el voto de una comunidad cuya identidad, símbolos y preocupaciones pareces despreciar?
Mientras tanto, en muchos centros de pensamiento, escuelas y universidades de Estados Unidos se ha ido instalando una narrativa sobre República Dominicana y Haití que, guste o no, termina impactando la política, la diplomacia y hasta la percepción internacional de nuestro país. Y si algo hemos aprendido es que lo que se cocina políticamente en Estados Unidos, tarde o temprano, suele llegar aquí.
Por eso el asunto no es si alguien tiene sangre dominicana, la verdadera cuestión es: ¿defendería esa persona los intereses, preocupaciones y sensibilidad de la comunidad dominicana cuando llegue el momento?
Porque representar no es heredar un apellido ni un origen, representar es identificarse, comprender y respetar a la gente cuyo respaldo se solicita.
¿Qué piensan ustedes?