Por Abril Peña
Hay instituciones que enfrentan problemas. Y hay instituciones que parecen especializarse en repetirlos.
Cada vez que se habla de apagones, interrupciones prolongadas, fluctuaciones de voltaje, transformadores averiados o reclamos de usuarios, el nombre de EDEESTE aparece con una frecuencia que ya resulta difícil atribuir únicamente a la casualidad.
Y eso plantea una pregunta incómoda: ¿por qué EDEESTE sigue tropezando con la misma piedra una y otra vez?
Porque aquí no estamos hablando de un problema nuevo. Han pasado gobiernos de distintos colores, administraciones con diferentes enfoques y varios gerentes generales. Han llegado equipos prometiendo modernización, eficiencia, reducción de pérdidas y mejora del servicio. Sin embargo, el resultado parece ser siempre el mismo: una empresa que continúa encabezando quejas y cuya percepción pública sigue deteriorándose.
Los datos más recientes sobre las pérdidas de las Empresas Distribuidoras de Electricidad vuelven a poner el tema sobre la mesa. Las EDE acumulan pérdidas cercanas al 40 % de la energía adquirida. Es una cifra escandalosa para cualquier país que aspire a tener un sistema eléctrico sostenible.
Pero en el caso de EDEESTE la situación genera una interrogante adicional. ¿Por qué precisamente esa distribuidora parece tener mayores dificultades para corregir el problema?
La explicación fácil sería culpar exclusivamente al fraude eléctrico y a las conexiones ilegales. Y sí, forman parte de la ecuación. Pero si después de años de intervenciones, inversiones, cambios administrativos y miles de millones de pesos en recursos públicos el problema sigue prácticamente intacto, entonces es evidente que la raíz es más profunda.
¿Se trata de una estructura de redes más deteriorada? ¿De problemas históricos de gestión? ¿De una cultura organizacional que no logra romper viejos esquemas? ¿De decisiones políticas que terminan imponiéndose sobre criterios técnicos? ¿O de una combinación de todo lo anterior?
Porque cuando una institución cambia de administrador varias veces y los resultados siguen siendo similares, llega un punto en que la discusión deja de centrarse en las personas y pasa a enfocarse en el modelo y eso es precisamente lo que debería estar ocurriendo.
La República Dominicana se encuentra inmersa en un debate nacional sobre reformas, eficiencia estatal y sostenibilidad fiscal. A los ciudadanos se les pide hacer sacrificios. A los sectores productivos se les pide contribuir más. Al empresariado se le exige competitividad. Sin embargo, seguimos destinando enormes cantidades de recursos públicos a cubrir ineficiencias que llevan décadas sin resolverse.
No se trata de buscar culpables para una portada ni de convertir el tema en un espectáculo político, se trata de entender por qué una empresa que administra el servicio eléctrico de gran parte del país continúa generando los mismos dolores de cabeza generación tras generación de administradores.
Porque si el problema fuera solamente un gerente, ya estaría resuelto, si fuera solamente un gobierno, ya habría cambiado.
Y si fuera únicamente el fraude eléctrico, después de tantos años de inversiones y tecnología los resultados deberían ser distintos, tal vez la verdadera pregunta no es por qué EDEESTE sigue fallando; Tal vez la pregunta es por qué seguimos intentando resolver el mismo problema con las mismas recetas esperando resultados diferentes.
Y esa conversación, aunque incómoda, ya no puede seguir posponiéndose.