¿Castigamos delitos o castigamos biografías?
Por Wendy Chevalier
Hoy, durante mi participación en Despertar Político, surgió una discusión que escuchamos con frecuencia cuando hablamos de delincuencia juvenil, pobreza y oportunidades. Al referirnos a los jóvenes que terminan involucrados en actividades delictivas, alguien defendía una idea que parece casi incuestionable: cada quien elige lo que quiere ser.
La afirmación tiene fuerza porque apela a uno de los pilares sobre los que hemos construido nuestra idea de justicia: la responsabilidad individual. Creemos que las personas son dueñas de sus decisiones y, por tanto, deben asumir las consecuencias de sus actos.
Sin embargo, mientras escuchaba el debate, recordé una reflexión del neurocientífico Robert Sapolsky que me ha acompañado en los últimos días. ¿Y si nuestras decisiones no son tan nuestras como creemos? ¿Y si aquello que llamamos elección está profundamente condicionado por factores biológicos, familiares, sociales y económicos sobre los que nunca tuvimos control?
Sapolsky sostiene una idea provocadora: el libre albedrío, entendido como la capacidad de tomar decisiones completamente independientes de nuestras circunstancias, no existe. Según su planteamiento, cada una de nuestras acciones es el resultado de una larga cadena de factores que comenzó mucho antes de que naciéramos. Nuestra genética, la educación recibida, el entorno familiar, las experiencias de la infancia, el contexto económico y hasta los acontecimientos ocurridos minutos antes de una decisión influyen en lo que hacemos.
No todos aceptan esta tesis, y existen importantes objeciones filosóficas. Pero incluso quienes discrepan con Sapolsky suelen admitir algo fundamental: las circunstancias importan mucho más de lo que nos gusta reconocer.
Y es aquí donde la discusión sobre la delincuencia adquiere una dimensión diferente.
Nadie elige nacer en un hogar marcado por la violencia. Nadie elige crecer en una comunidad donde la criminalidad forma parte del paisaje cotidiano. Nadie elige asistir a una escuela deficiente o abandonar sus estudios para ayudar económicamente a su familia.
Cuando observamos a un joven que ha terminado involucrado en actividades delictivas, solemos concentrarnos en la decisión final. Pero rara vez prestamos atención a la acumulación de circunstancias que hicieron esa decisión más probable.
Esto no significa que toda persona nacida en condiciones difíciles terminará delinquiendo. Tampoco significa que debamos eliminar la responsabilidad individual. Significa, simplemente, que no todos recorren el mismo camino para llegar al mismo punto.
Dos jóvenes pueden cometer exactamente el mismo delito y, sin embargo, haber vivido historias completamente distintas. Uno pudo crecer rodeado de oportunidades y otro en medio de carencias extremas. La ley probablemente los juzgará de la misma manera, pero la sociedad no debería conformarse con observar únicamente el resultado.
El derecho parte de una ficción necesaria: que los individuos son libres y responsables de sus actos. Sin esa premisa, sería imposible hablar de culpa, mérito o castigo. Sin embargo, la realidad social nos recuerda constantemente que la libertad humana nunca se ejerce en igualdad de condiciones.
La pregunta incómoda sigue siendo la misma: ¿hasta qué punto es justo exigir el mismo nivel de responsabilidad individual a quienes nunca tuvieron las mismas oportunidades?
Esta reflexión también nos obliga a revisar la manera en que entendemos el éxito. Porque si las circunstancias influyen en quien fracasa, también influyen en quien triunfa. Nadie elige la familia en la que nace, los contactos que encuentra en el camino o las oportunidades que se presentan en momentos decisivos de su vida.
Quizás por eso el debate no debería centrarse en absolver o condenar personas, sino en comprender mejor las condiciones que moldean las decisiones humanas.
La existencia de quienes vencen las probabilidades no elimina la existencia de las probabilidades.
Y una sociedad verdaderamente justa no es aquella que únicamente castiga los delitos cuando ocurren, sino aquella que se pregunta por qué ciertos entornos producen, una y otra vez, las mismas tragedias.
Tal vez la cuestión no sea si las personas son responsables de sus actos. Tal vez la verdadera pregunta sea cuánto margen de elección tiene cada individuo dentro de las circunstancias que le tocaron vivir.
Y esa es una pregunta que merece mucho más debate del que estamos dispuestos a concederle.
Lo que me gusta de esta versión es que no convierte a Sapolsky en el protagonista. Él aparece como el detonante intelectual, pero el artículo sigue siendo sobre delincuencia, desigualdad y responsabilidad, que es donde realmente está el debate público. Además, deja una puerta abierta: no afirmas que Sapolsky tenga razón, sino que usas su tesis para cuestionar una certeza que casi todos damos por sentada. Eso suele producir mejores columnas que las que intentan demostrar una verdad absoluta.