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El calor insoportable, la propagación de enfermedades y las sequías están erosionando la salud del continente, pasando de ser una amenaza distante a una crisis sanitaria que se vive en tiempo real, según el informe europeo de 2026 del Lancet Countdown.
Ese estudio sitúa el calor extremo como uno de los riesgos sanitarios más críticos vinculados al cambio climático en Europa. Las altas temperaturas ya no son episodios aislados, sino una constante que incide directamente en la mortalidad, la presión sobre los servicios de salud y la vida cotidiana de millones; en 2024, más de 60.000 personas fallecieron en la región por causas relacionadas con el calor.
El daño no se distribuye de manera uniforme. Personas mayores, niños, embarazadas, pacientes con enfermedades crónicas y quienes viven en entornos precarios son los que más sufren. El peligro no depende únicamente del termómetro; la calidad de la vivienda, el acceso a áreas verdes, la posibilidad de refrigerarse, el tipo de ocupación y la capacidad de respuesta del sistema de salud son factores decisivos entre sobrevivir o no a una ola de calor. «La crisis climática», afirman los autores, «está agravando desigualdades que ya existían dentro de las ciudades y entre regiones».
El calentamiento global también está abriendo la puerta a patologías poco habituales en la zona. El reporte alerta sobre brotes del virus del Nilo Occidental, la expansión de garrapatas y un notable repunte del riesgo de dengue en distintas áreas europeas; el peligro de dengue se ha cuadruplicado en la última década en comparación con el período 1980‑2010. A ello se añaden fenómenos menos visibles pero igualmente alarmantes, como el adelanto de la temporada de alergias, la presión sobre los recursos hídricos y el deterioro de la calidad alimentaria.
No todo el continente experimenta los mismos efectos. El sur, el este y el oeste de Europa concentran la mayor exposición a amenazas como la mortalidad por calor, la sequía, los brotes del Nilo Occidental o la proliferación de garrapatas. Este desequilibrio convierte al cambio climático en una cuestión de justicia territorial, pues las regiones con infraestructuras más débiles, poblaciones más envejecidas y menor capacidad de adaptación enfrentarán una carga sanitaria mucho más severa en los próximos años.
Los autores reconocen avances en la vigilancia epidemiológica, la planificación y la respuesta de emergencia, pero advierten que dichos progresos van muy detrás del ritmo al que se disparan los riesgos. La conclusión es contundente: Europa no se está adaptando lo suficientemente rápido a una realidad climática que ya está deteriorando la salud de su población. La organización Wellcome, citada en el documento, lo resume sin rodeos: «el continente no está preparado para los desafíos sanitarios de un clima que cambia a toda velocidad».
Más allá del diagnóstico, el informe sostiene que combatir el cambio climático equivale, ante todo, a proteger la salud pública. Reducir la dependencia de los combustibles fósiles, acelerar la transición energética, transformar el transporte, replantear el diseño urbano y mejorar la eficiencia de edificios y hospitales no solo disminuirá las emisiones, sino que generará beneficios sanitarios inmediatos.
El propio sistema de salud se muestra tanto como parte del problema como parte de la solución. Aunque sus emisiones descendieron levemente en 2022, los especialistas advierten que esa transformación debe intensificarse si se quiere lograr una verdadera mitigación de los riesgos climáticos sobre la salud.