@abrilpenaabreu
En República Dominicana solemos recordar que el voto es un derecho. Y lo es. Pero pocas veces hablamos de la otra cara de la moneda: el voto también es un deber con la sociedad que queremos construir.
La discusión sobre un proyecto de ley para incentivar la participación electoral ha generado opiniones encontradas. Es natural. Toda iniciativa que toca las reglas de la democracia merece ser debatida, analizada y, si es necesario, perfeccionada. Sin embargo, más allá de los detalles de una propuesta legislativa, el verdadero debate debería ser otro: ¿cómo logramos que más dominicanos entiendan que participar en las elecciones no es un favor al Estado ni a un partido político, sino un compromiso con el futuro del país?
La democracia tiene un costo. Organizar unas elecciones moviliza miles de personas, requiere una compleja logística, tecnología, seguridad y recursos públicos. Pero el mayor costo no es económico. El mayor costo aparece cuando la apatía gana terreno y millones de ciudadanos renuncian a decidir quién administrará los destinos de la nación.
No existe democracia fuerte con ciudadanos indiferentes.
Por eso, fomentar la participación electoral debe convertirse en una política pública permanente. Desde la educación cívica en las escuelas hasta campañas de concienciación, pasando por mecanismos que reconozcan el compromiso ciudadano, todo esfuerzo orientado a fortalecer la participación merece ser considerado con seriedad.
En RD al Descubierto creemos que el país debe abrir una discusión madura sobre la posibilidad de avanzar, incluso, hacia un modelo de voto obligatorio, como ocurre en varias democracias del mundo. No para obligar a nadie a respaldar una candidatura determinada, porque el voto es libre y secreto, sino para reafirmar que vivir en sociedad también implica asumir responsabilidades.
Quien no se siente representado por ningún candidato conserva siempre una herramienta democrática: votar en blanco o anular su boleta. Esa decisión también envía un mensaje político y fortalece la legitimidad del proceso, porque expresa una posición desde la participación y no desde la ausencia.
Las naciones más sólidas no se construyen únicamente con buenos gobiernos. Se construyen con buenos ciudadanos. Personas que entienden que reclamar derechos también implica cumplir deberes; que comprenden que la democracia no puede sostenerse solo con quienes siempre participan, mientras otros observan desde la comodidad de la abstención.
La patria no se construye sola. Se construye cuando cada ciudadano asume que su voz importa, que su decisión tiene consecuencias y que el futuro del país no depende únicamente de quienes aspiran a gobernarlo, sino también de quienes los eligen.
Quizás ha llegado el momento de dejar de preguntarnos cómo reducir la abstención y empezar a preguntarnos cómo formar una ciudadanía que entienda que votar no es un acto opcional de cada cuatro años, sino una expresión de amor por la República Dominicana.
Porque la democracia no se hereda. La democracia se ejerce, se protege y se fortalece. Y eso comienza, sencillamente, depositando un voto en las urnas.