RDalDescubierto-El “mercado de verdades” es especialmente eficaz: convierte la abstracción filosófica en una escena concreta, casi teatral, donde la verdad se exhibe como producto, se negocia como mercancía y se consume como espectáculo.
Vivimos en un mercado de Inteligencia Artificial (IA), donde cada mentira tiene su precio, su empaque y su público objetivo. La verdad en antaño fue convicción ética; hoy, se ha convertido en mercancía: se oferta, se demanda, se especula. En este bazar bullicioso, corporaciones y gobiernos, exhiben sus “verdades” como productos premium, envueltas en lenguaje técnico o retórica seductora. Son caras, decoradas con autoridad, y vendidas como certezas.
La saturación informativa no nos ha hecho más sabios, sino más vulnerables. La mentira se ha vuelto moneda común: desde los discursos oficiales hasta los gestos cotidianos en redes sociales. La verdad, antes ideal filosófico, hoy se adapta a intereses particulares. Ya no se busca lo verdadero, sino lo verosímil.
Las mentiras ya no se cuentan: se fabrican. Con IA, se diseñan para parecer verdades, se difunden estratégicamente y se replican como dogmas. Noticias falsas (Fake News), narrativas políticas, promesas huecas; todo contribuye a una atmósfera donde lo auténtico se diluye. La mentira se profesionaliza, se automatiza, se industrializa. En lo íntimo, también mentimos.
Fingimos emociones, construimos identidades para agradar o protegernos, ocultamos lo que sentimos por miedo, conveniencia o deslealtad. ¿Quién no ha dicho una mentira piadosa o ha callado una verdad incómoda? La mentira se normaliza, se justifica, se institucionaliza; y es que
en el mundo de mentiras, erosiona lentamente la confianza. La sociedad desconfía de sus instituciones, de sus líderes, y hasta de sus propios vínculos. La sospecha se vuelve norma.
La verdad, una rareza como una economía manipulada, llegamos a la sobresaturación: tantas versiones, tantos relatos, que el significado se devalúa. Nadie sabe a quién creerle. La “verdad” se vende y se compra, y su precio depende de la fuente. Para Heidegger, la verdad no es una propiedad de las proposiciones, sino una apertura ontológica: el mundo se revela, se hace inteligible, y en ese acto ocurre la verdad. La verdad, entonces, no se dice: se vive.
En la filosofía griega antigua, “aletheia” no era simplemente “verdad” en el sentido moderno de correspondencia entre una afirmación y los hechos. Etimológicamente, “aletheia” significa “lo no oculto”, la revelación de lo que es, como en esta era digital, dondelos hechos objetivos pierden peso frente a las emociones y creencias del público. La verdad ya no se valida por su correspondencia con la realidad, sino por su capacidad de movilizar afectos.
¿Es posible salir de este ciclo? Tal vez el primer paso sea reconocerlo. No negar que mentimos o nos mienten, sino asumir que habitamos una cultura donde la verdad se ha vuelto frágil. Solo desde esa conciencia crítica podemos reconstruir una ética del decir, del saber, del ser.
Autores como Richard Rorty, han propuesto abandonar la noción de “verdad” en favor de discursos “útiles” para una comunidad. Michel Foucault, por su parte, analizó la verdad como dispositivo de poder es un sistema que legitima ciertos discursos y excluye otros.
Vivir de mentiras, es vivir dormidos, y despertar exige coraje en un mundo de mentiras con IA.