por Abril Peña
Ayer muchas personas me escribieron preguntando si publicaría algo sobre el cumpleaños de mi padre. La verdad es que, más allá de mencionarlo en el programa, decidí no hacerlo. No quería que cualquier cosa que decidiera compartir se perdiera en medio del ruido diario que hoy domina las redes sociales, donde todo compite por atención durante unas pocas horas antes de desaparecer.
Sin embargo, mi hermana Arlene me envió algo que he visto año tras año y que, como siempre, me llenó el corazón de emociones: mi padre volvió a ser tendencia durante todo el día. Y eso no es poca cosa.
Sobre todo en un país que a veces parece tener memoria corta. Verlo nuevamente en la conversación pública me hizo sentir orgullosa de que parte de la sangre que corre por mis venas sea la suya.
Las tendencias son fenómenos curiosos. A veces son orgánicas y otras veces son fabricadas, pero ambas logran lo mismo: empujar un tema hasta hacerlo visible.
Pero cuando una tendencia nace de la gente, tiene un valor distinto. Significa que el interés es genuino. Que, a pesar del paso del tiempo, la figura sigue despertando conversación. Que sigue siendo recordado, querido y admirado.
Significa también que sus sueños y sus valores siguen encontrando eco, que continúan influyendo. Que el amor, el trabajo y la constancia pudieron más que el odio, la maledicencia o la envidia.
Veintiocho años es mucho tiempo. Más aún en un mundo donde todo parece cada vez más efímero, donde las figuras públicas son reemplazadas con rapidez y donde la memoria colectiva suele diluirse entre nuevas polémicas y nuevos titulares.
Que su nombre siga apareciendo en la conversación nacional y permanezca en la memoria colectiva después de tanto tiempo es, en cierto modo, casi un milagro. Y de hecho lo es. Porque, si somos honestos, probablemente nosotros mismos no hemos hecho todo lo necesario para mantener vivo su legado.
Eso también habla del genio detrás del político. Muchas de sus ideas siguen sonando tan modernas que, al escucharlas hoy, parecen escritas para la sociedad actual. Y eso dice mucho de la visión que tenía, de sus ideas y de sus planes para el país.
Pero también dice mucho —quizás demasiado— sobre la sociedad que somos hoy. Algo debimos haber logrado resolver. Algo debimos haber podido borrar del “check list” del peñagomismo después de casi tres décadas.
Pero este no es un artículo de opinión política. Es simplemente la reflexión de una hija enternecida y orgullosa de comprobar que, a pesar del paso del tiempo, Peña Gómez sigue viviendo en el corazón del pueblo dominicano.