La crisis energética global vuelve a poner sobre la mesa una verdad que en República Dominicana preferimos ignorar: dependemos casi por completo de lo que no controlamos.
Mientras el mundo observa con preocupación la tensión en Medio Oriente, aquí ya comenzamos a pagar las consecuencias. Más de mil millones de pesos en subsidios en una sola semana no son solo una cifra alarmante; son el reflejo de un modelo económico que, ante cada crisis externa, reacciona con la misma receta: gastar más para contener el impacto, sin resolver la causa.
El problema no es el subsidio en sí. En momentos de volatilidad, es una herramienta válida para proteger a la población. El problema es que se ha convertido en una constante. Cada vez que el petróleo sube, el Estado dominicano actúa como amortiguador… pero sin cambiar las condiciones que nos obligan a amortiguar.
No producimos petróleo. No tenemos reservas estratégicas significativas. No contamos con un sistema energético diversificado lo suficientemente robusto como para reducir nuestra exposición. Y, sin embargo, cada crisis nos sorprende como si fuera la primera.
La pregunta incómoda es inevitable: ¿hasta cuándo puede sostenerse este modelo?
Porque subsidiar no es gratis. Se financia con deuda, con recortes invisibles o con sacrificios futuros que rara vez se explican con claridad. Y mientras tanto, el país sigue atrapado en una lógica de dependencia que limita su margen de maniobra en un mundo cada vez más inestable.
Lo más preocupante no es el aumento del petróleo. Es la normalización de nuestra vulnerabilidad.
Hoy es el crudo. Mañana puede ser el gas, los alimentos o las tasas de interés internacionales. El patrón es el mismo: shocks externos que golpean una economía que no ha construido suficientes defensas internas.
El Gobierno, como cualquier otro en su posición, está obligado a tomar decisiones de corto plazo para evitar un impacto social inmediato. Pero el país necesita algo más que contención. Necesita una discusión seria sobre su modelo energético, su capacidad de respuesta y su nivel de dependencia estructural.
Porque en un mundo donde las crisis ya no son excepciones sino reglas, seguir subsidiando lo que no producimos no es una solución.
Es, simplemente, una forma de comprar tiempo y el tiempo, como el petróleo, también se agota.