Por Abril Peña
He sido política toda mi vida y curiosamente, estuve bastante alejada de la comunicación, aunque hoy entiendo que eso era una ilusión, porque todos comunicamos todo el tiempo, opinamos, compartimos, reaccionamos, y sin saberlo participamos en una batalla constante por el relato, solo que yo no siempre fui consciente de eso.
Cuando empecé a estudiar geopolítica, algo se rompió, todo lo que creía entender sobre democracia, poder y libertad empezó a tambalearse, no porque fuera mentira, sino porque era incompleto.
Nos enseñan que el poder está en los políticos, en las instituciones, en los votos, pero la realidad es más incómoda que eso: el poder también está en quien decide lo que ves y cómo lo interpretas, y esa parte nadie la pone en el currículo.
Y esto no empezó con las redes sociales, ni con los algoritmos, ni con Cambridge Analytica, aunque todos esos son capítulos importantes de la misma historia.
Empezó mucho antes Adolf Hitler entendió antes que muchos que el poder no se impone solo con fuerza, se construye con imagen, emoción y repetición, y mientras él perfeccionaba esa lógica en Europa, al otro lado del Atlántico Occidente hacía lo mismo de manera más sutil y por eso más efectiva. El Monopoly, que nació en los años 30, convirtió en juego la lógica del capital, ganar es acumular, perder es quedarse sin nada, y eso lo aprendieron generaciones enteras antes de entender qué era el capitalismo.
Los dibujos animados, los cómics, el entretenimiento infantil que venía casi todo de Estados Unidos reforzaba ideas de héroes, orden y superioridad moral, y los uniformes de cada superhéroe no eran casualidad, eran un guiño a los símbolos de una nación que estaba construyendo su hegemonía cultural al mismo tiempo que su hegemonía militar. Nada parecía político.
Pero todo lo era., luego llegó John F. Kennedy junto a Jacqueline, y con ellos, Camelot, no era solo un gobierno, era una narrativa aspiracional cuidadosamente construida, juventud, elegancia, promesa, y ahí la política dejó de ser solo gestión para convertirse en relato, en imagen, en algo que se sentía antes de analizarse.
Eso cambió la política para siempre, porque una vez que la gente aprende a sentir a sus líderes en lugar de solo evaluarlos, las reglas del juego cambian completamente. Con el tiempo la narrativa se volvió más sofisticada y más consciente de sí misma.
La serie 24, caso de estudio en cursos de comunicación política en todo el mundo, ayudó a que una parte importante del público occidental aceptara prácticas como la tortura bajo la lógica de la seguridad nacional, no porque nadie lo ordenara sino porque la ficción normalizó lo que la política necesitaba normalizar.
El cine acompañó conflictos como Irak moldeando percepciones sobre quién es el bueno y quién es el enemigo antes de que los hechos pudieran hablar por sí solos.
La política empezó a vivirse a través de la pantalla, y la pantalla empezó a construir la política. Con Donald Trump esto escala a otro nivel. Su primera etapa no fue solo discurso disruptivo, fue también uso intensivo de datos, Cambridge Analytica y el rol de Meta Platforms evidenciaron algo que cambió las reglas para siempre: el mensaje ya no es para todos, es para cada persona, calibrado según sus miedos, sus preferencias, su historial de clics, su geografía emocional.
Pero lo más importante no fue la tecnología sino la estrategia detrás, Trump dejó de imponer narrativas fijas y empezó a moverlas constantemente, dice una cosa hoy, matiza mañana, cambia pasado mañana, no busca coherencia sino control del momento, y convierte la inestabilidad misma en herramienta, porque en una era saturada de información dominar la conversación vale más que tener una versión estable de la verdad.
Eso hoy es evidente en conflictos como el de Rusia y Ucrania, que no es solo una guerra de armas sino una guerra de relatos, donde cada bando cuenta su versión, cada audiencia cree ver la verdad y en realidad consume una narrativa construida para ella.
Y aquí la discusión se vuelve más profunda, porque durante décadas se nos enseñó que el gran conflicto global era capitalismo contra comunismo, dos modelos puros enfrentados, pero esa lectura hoy se queda corta. China combina mercado con control estatal, Rusia opera con poder centralizado y lógica geopolítica propia, Occidente tampoco es un bloque uniforme.
Ya no hay modelos puros, hay sistemas híbridos compitiendo, y lo más importante no es solo cómo se gobierna sino quién cuenta la historia, porque Occidente sigue dominando los grandes medios, las plataformas digitales y la industria cultural, lo que significa que gran parte de lo que el mundo ve sobre China o Rusia está filtrado por ese lente, no necesariamente falso, pero tampoco completamente neutral, y del otro lado ocurre exactamente lo mismo.
Y entonces aparece Nayib Bukele, que no inventa nada pero lo combina todo, estética, emoción, narrativa, redes, inmediatez, un video, un antes y después, y logra algo que pocos políticos logran en este siglo: que la gente no solo vea el cambio sino que acepte el método, que encuentre legítimo lo que en otro contexto cuestionaría, porque la narrativa llegó primero que el análisis.
La conclusión no es cómoda, no somos tan libres como creemos, el poder no está solo en los políticos, está en quien diseña el mensaje, en quien controla la plataforma y en quien logra que tú lo repitas sin darte cuenta de que lo estás repitiendo.
Vivimos convencidos de que elegimos, pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos quién eligió primero lo que íbamos a ver, a pensar y a creer, porque al final no vivimos solo dentro de sistemas políticos, vivimos dentro de relatos, y la primera forma de recuperar algo de libertad es aprender a verlos.