República Dominicana exhibe cifras de crecimiento que, en el papel, cuentan una historia de éxito. Sin embargo, en las calles, en las esquinas, en los espacios donde la ciudad respira, comienza a contarse otra.
Locales cerrados. Negocios que desaparecen. Marcas que durante años formaron parte del paisaje urbano y que hoy ya no están, no es una percepción aislada, es un patrón.
Y lo más preocupante es que no estamos hablando de emprendimientos recién nacidos que no lograron consolidarse. Estamos viendo salir del mercado a negocios que ya habían probado su viabilidad, que habían sobrevivido crisis anteriores, que conocían a su público.
Si esos negocios no están resistiendo… hay algo más profundo ocurriendo.
El discurso económico tradicional suele enfocarse en el crecimiento del PIB, la inversión extranjera y la estabilidad macroeconómica. Pero hay una pregunta que cada vez se vuelve más urgente: ¿qué tan sostenible es ese crecimiento si no logra sostener a quienes operan en la economía real?
El sector gastronómico, cultural y de entretenimiento es uno de los termómetros más sensibles de cualquier economía, cuando estos espacios se debilitan, no es casualidad, es señal de presión, presión en los costos, presión en el consumo, presión en la rentabilidad Y también, muchas veces, presión en un entorno donde las reglas no siempre son iguales para todos.
Porque mientras algunos negocios operan bajo todas las cargas formales —impuestos, nómina, alquileres elevados— otros compiten desde la informalidad o desde esquemas más flexibles, generando una distorsión que termina castigando precisamente a quienes cumplen.
El resultado es un ecosistema desequilibrado, uno donde sostener un negocio formal se convierte en un reto cada vez mayor, incluso para quienes ya tenían años en el mercado.
Y aquí es donde el debate debe elevarse, no se trata de romantizar negocios ni de ignorar que toda economía tiene ciclos, se trata de entender que hay sectores que cumplen una función estratégica más allá de su facturación directa.
La vida nocturna, la gastronomía, los espacios culturales no solo generan empleo. Construyen ciudad, aportan a la seguridad desde la ocupación del espacio público, dinamizan zonas completas y elevan la calidad de vida, en resumen son parte del desarrollo.
Por eso, cuando empiezan a desaparecer de forma sostenida, la pregunta no debería ser por qué cerraron… sino qué condiciones los hicieron insostenibles y esa es una conversación que todavía no se está dando con la seriedad que amerita.
Porque si el crecimiento económico no logra traducirse en estabilidad para quienes producen, invierten y generan empleo en la economía urbana, entonces no estamos frente a un modelo completo.
Estamos frente a un modelo que crece… pero no sostiene y ningún país se desarrolla de verdad sobre esa base.