La violencia en la República Dominicana dejó de ser un problema estrictamente delictivo, hoy es, sin rodeos, el síntoma de un modelo social que no termina de incluir, de instituciones que no terminan de responder y de una cultura que, peligrosamente, ha aprendido a convivir con el miedo.
Lo planteado en el foro celebrado en la Universidad Autónoma de Santo Domingo no es menor: estamos frente a una realidad donde lo que ocurre y lo que se percibe no siempre coincide, pero ambas dimensiones —dato y sensación— están erosionando la vida cotidiana.
Porque la violencia no solo se mide en estadísticas, se mide en decisiones diarias: no salir de noche, evitar ciertos sectores, desconfiar del otro.
Y cuando una sociedad comienza a reorganizar su vida alrededor del miedo, ya el problema dejó de ser policial, estamos en un país que siente más inseguridad de la que puede explicar
Existe una desconexión evidente entre la criminalidad real y la percepción ciudadana, pero lejos de tranquilizarnos, ese dato debería preocuparnos aún más.
Porque significa que el miedo ha adquirido autonomía, ya no depende únicamente de los hechos, sino de cómo se narran, se amplifican y se consumen y en ese proceso, la violencia deja de ser un evento para convertirse en una atmósfera permanente.
Más grave aún es reconocer que la violencia no solo se enfrenta, también se reproduce: en hogares donde la disciplina se ejerce con agresión, en relaciones donde el control se disfraza de afecto, en espacios públicos donde el respeto se impone por la fuerza.
Cuando una sociedad normaliza la violencia como forma de interacción, pierde la capacidad de identificarla como problema y ese es el punto más peligroso de todos.
La mitad de la población dominicana es joven. Eso debería ser una oportunidad histórica, sin embargo, para muchos, el sistema ofrece un camino incompleto: educación frágil, empleos precarios y pocas garantías de movilidad social.
Se les exige éxito, pero no se les dan herramientas, en ese vacío, la delincuencia deja de ser una anomalía para convertirse en una alternativa, no es una justificación, es un diagnóstico.
Cuando más del 70% de los delitos no se denuncia, el problema no es solo criminal, es institucional, la gente no denuncia porque no cree y cuando la confianza desaparece, el Estado pierde su principal herramienta: la legitimidad.
Sin confianza, no hay justicia efectiva y sin justicia efectiva, no hay disuasión real.
Aumentar penas, endurecer discursos, militarizar respuestas, nada de eso funciona por sí solo.
Porque la clave no está en castigar más, sino en garantizar que la ley se cumpla y eso solo se logra con instituciones fuertes, procesos eficientes y un sistema que funcione para todos, no para unos pocos.
¿El fondo del problema? La desigualdad
La violencia también habla de economía, de un país que crece, pero no distribuye, de salarios que no compiten con la ilegalidad, de comunidades donde el Estado llega tarde o no llega, en esos vacíos, alguien más organiza la vida y muchas veces, lo hace a través de la violencia.
La República Dominicana tiene frente a sí una disyuntiva clara: seguir tratando la violencia como un problema de delincuentes… o asumirla como el reflejo de un sistema que necesita correcciones profundas, la seguridad no se construye solo con policías.
Se construye con educación, oportunidades, justicia y cohesión social.