Hay instituciones que no pueden darse el lujo de la improvisación. Y hay errores que no admiten el “estamos revisando”. Cuando se trata de niños, niñas y adolescentes, cada falla pesa el doble. Por eso lo que está ocurriendo alrededor de CONANI no es un simple problema administrativo: es una señal de alarma institucional.
En menos de un año han salido a la luz varios casos graves. No opiniones. No rumores. Casos concretos, documentados, con padres identificables y daños reales.
Un vehículo rotulado como CONANI intenta retirar a una menor de una escuela sin orden judicial. No hay protocolo de verificación. No hay coordinación visible con autoridades. No hay explicación posterior convincente. Solo un post en Instagram.
Un padre pierde a su hija mientras estaba bajo custodia estatal y meses después ni siquiera ha recibido el acta de defunción. Antes de eso, nadie evaluó alternativas familiares viables. No hubo acompañamiento. No hubo respuestas.
Otro padre advierte a las autoridades de una posible situación de abuso, la niña es devuelta a la madre y termina en cuidados intensivos. La intervención llegó tarde…Demasiado tarde.
El problema no es solo la falta de presupuesto. Es la ausencia de un sistema que funcione. No existen protocolos públicos claros para centros educativos. No hay mecanismos ágiles de verificación de autoridad. No hay comunicación transparente cuando ocurre una falla grave. Y, lo más preocupante: no hay sensación de consecuencias.
Cuando una institución encargada de proteger menores actúa sin controles visibles, se convierte —aunque no lo quiera— en un factor de riesgo. Y eso no se resuelve con comunicados suaves ni con manejo de redes.
Nadie pide perfección. Se exige responsabilidad. Se exige coordinación con el Ministerio Público. Se exige que, ante denuncias tan serias, se anuncien investigaciones formales y se expliquen los procedimientos. Se exige que los padres sepan a qué atenerse y que las escuelas tengan claridad sobre cómo actuar.
Luego nos preguntamos por qué la ciudadanía desconfía, por qué la prensa insiste, por qué la indignación no baja. La respuesta es simple: cuando el Estado falla en lo más básico —proteger a los niños—, no hay narrativa que lo cubra.
RD al Descubierto seguirá haciendo lo que le toca. Porque cuando otros miran para otro lado, callar también es una forma de fallar.