Hay una cifra que debería incomodar a todo el país:
uno de cada tres adolescentes dominicanos ha sufrido bullying.
Pero el problema es más profundo, mucho más, porque cuando se baja al detalle, lo que aparece no es solo acoso, es violencia estructural.
En República Dominicana:
– Hasta el 49% de los estudiantes reporta haber sido víctima de acoso escolar
– 17,059 casos de bullying fueron registrados solo entre agosto y diciembre de 2025
En ese mismo período: 29,331 agresiones físicas Y 47,487 episodios de maltrato verbal
Y esto no distingue entre escuelas públicas o privadas, ocurre en todas.
Además, en un solo año escolar, se documentaron más de 2,400 casos en centros públicos, principalmente en adolescentes, esto no es un fenómeno aislado, es un patrón.
La raíz: una cultura que normaliza la violencia
No se puede entender el bullying sin mirar el origen:
- 63.5% de los niños dominicanos ha sido criado con disciplina violenta
Eso significa que muchos agresores no nacen en la escuela, se forman antes, la escuela solo se convierte en el escenario donde esa violencia se reproduce.
El bullying no solo golpea el cuerpo, destruye la mente. En República Dominicana, estudios han mostrado que:
- Un 44% de los estudiantes afectados reporta soledad e insomnio
- Las víctimas tienen mayor riesgo de:
- Depresión
- Ansiedad
- Aislamiento social
- Pensamientos suicidas
Y aquí es donde el tema deja de ser educativo… y pasa a ser un problema de salud pública.
Cuando el bullying escala: violencia y muerte
Este es el punto que muchos prefieren evitar, pero es el más importante.
En el país ya existen:
- Casos documentados de estudiantes que han terminado con heridas graves dentro de centros educativos
- Episodios de violencia extrema entre alumnos
- Situaciones donde el acoso ha sido un factor detonante en intentos de suicidio
Y aunque no todos los casos se visibilizan o se registran correctamente, especialistas advierten que el vínculo entre bullying y conducta suicida es real y creciente en la población joven.
A nivel general, el país registra cientos de suicidios al año, incluyendo adolescentes, en un contexto donde el acoso escolar es un factor de riesgo relevante.
Y hay otro dato incómodo: el bullying no solo produce víctimas, también puede producir agresores más violentos, porque cuando la violencia no se detiene… escala.
Cuando el bullying termina en sangre
El país ya ha visto que la violencia escolar no siempre queda en burlas, empujones o insultos.
En 2016, República Dominicana se estremeció con el caso de Mary Elizabeth Severino Morla, una estudiante de 12 años que murió en La Romana tras ser golpeada por compañeras en una escuela básica. El hecho fue reportado como parte de los casos graves de violencia escolar que encendieron alarmas nacionales.
Ese caso no fue una simple “pelea de muchachas”. Fue la prueba de que cuando el sistema minimiza la violencia entre estudiantes, el desenlace puede ser fatal y de allá para ha habido más casos de fallecidos y heridos.
También se han documentado agresiones físicas graves, peleas dentro de aulas, presencia de armas blancas, amenazas, ciberacoso y episodios donde el conflicto escolar termina arrastrando a familias completas.
Por eso hay que decirlo sin maquillaje: el bullying no solo puede producir depresión, ansiedad o abandono escolar. También puede ser antesala de agresiones graves, lesiones permanentes e incluso muerte.
El costo económico: cuando la familia paga lo que la escuela no previno
El bullying también tiene un costo económico directo.
Cuando un niño desarrolla ansiedad, depresión, ataques de pánico, insomnio, baja autoestima o ideación suicida como consecuencia del acoso, la familia termina buscando ayuda psicológica o psiquiátrica. En Santo Domingo, una consulta privada de psicología puede costar entre RD$ 3,000 y RD$ 6,000 por sesión, mientras centros especializados reportan consultas de psicoterapia alrededor de RD$4,000 y consultas psiquiátricas iniciales de hasta RD$5,000 o más.
Si un adolescente necesita una sesión semanal, una familia podría gastar entre RD$ 12,000 y RD$ 30,000 mensuales solo en terapia psicológica. Si además requiere evaluación psiquiátrica, medicamentos, transporte, tutorías por bajo rendimiento o cambio de centro educativo, el costo puede subir mucho más.
Y ahí aparece otra desigualdad brutal: las familias con recursos pueden pagar intervención temprana; las familias pobres muchas veces solo pueden esperar, rezar o ver cómo el daño avanza.
El bullying, entonces, no solo destruye emocionalmente, también empobrece, obliga a muchas familias a asumir con dinero privado las consecuencias de una violencia que debió ser detectada y detenida dentro del sistema escolar.
Por eso, reducir el bullying a “cosas de muchachos” es una irresponsabilidad. Detrás de cada burla repetida puede haber una patología en formación. Detrás de cada niño aislado puede haber una familia endeudándose para pagar terapia. Y detrás de cada agresión ignorada puede haber una tragedia anunciada.
El país no necesita esperar otro suicidio, otra golpiza mortal o una nueva víctima con nombre y apellido para tomar en serio lo que ya está frente a nosotros.
Pero los números dicen otra cosa, cuando tienes: miles de agresiones, decenas de miles de episodios de maltrato e impacto directo en la salud mental ya no estás frente a un problema escolar.
Está frente a un problema social, si no se interviene con seriedad: aumentarán los trastornos mentales en jóvenes, crecerá la violencia dentro y fuera de las escuelas y seguirán apareciendo casos extremos que conmocionan… pero no cambian nada
La pregunta que el país debe hacerse, no es si el bullying existe, no es si es grave.
La pregunta real es: ¿cuántos casos más necesitamos ver —con sangre, con dolor o con muerte— para dejar de tratarlo como algo normal?