Hoy no es un día cualquiera. Este 4 de febrero, Día Mundial contra el Cáncer, la conversación no debería quedarse en el lazo, la consigna o el mensaje institucional. Debería ir al fondo: ¿qué tan preparado está realmente el país para enfrentar esta enfermedad?
El cáncer no distingue clases sociales, pero sí evidencia desigualdades. En República Dominicana, miles de personas son diagnosticadas cada año, y miles mueren no solo por la agresividad del cáncer, sino por llegar tarde, por no haber tenido acceso a un chequeo, por no haber recibido orientación o por vivir lejos de un centro especializado.
La reciente muerte de Rampn a causa de cáncer, volvió a poner el tema sobre la mesa. No para politizar una pérdida, sino para recordar una realidad: si el cáncer alcanza incluso a quienes tienen visibilidad y acceso, ¿qué queda para quienes enfrentan la enfermedad en silencio?
El cáncer de mama, de próstata, de cuello uterino o de colon no aparece de un día para otro. Da señales. Avanza con el tiempo. Y, en muchos casos, puede ser contenido si se detecta temprano. Sin embargo, la cultura del chequeo sigue siendo débil, el miedo al diagnóstico persiste y el sistema de salud continúa reaccionando más que anticipando.
El país ha invertido miles de millones en tratamientos oncológicos. Ha anunciado redes, unidades y ampliaciones. Pero el cáncer sigue llegando tarde a los hospitales. Y cuando llega tarde, no solo se compromete la vida del paciente, también se compromete la sostenibilidad del sistema.
Este Día Mundial contra el Cáncer debería servir para algo más que estadísticas. Debería obligarnos a asumir que la lucha contra el cáncer no empieza en la quimioterapia, sino mucho antes: en la prevención, en la educación, en la detección temprana y en la responsabilidad compartida entre el Estado y la ciudadanía.
Porque el cáncer no es solo una enfermedad. Es un termómetro. Y hoy, ese termómetro nos dice que todavía estamos reaccionando cuando ya es demasiado tarde.