@abrilpenaabreu
Hay noticias que estremecen por el crimen en sí. Y hay otras que estremecen aún más por lo que revelan sobre la sociedad que estamos formando. La muerte de un niño, presuntamente a manos de sus propios amigos, tras el supuesto robo de un pez beta, pertenece a esa segunda categoría. Porque aquí no solo hay una tragedia individual. Aquí hay una señal colectiva de alarma.
La pregunta no es únicamente qué ocurrió. La pregunta verdadera es: ¿qué tiene que pasar dentro de una sociedad para que un grupo de niños considere que la respuesta natural ante un conflicto es una golpiza tan brutal que termine en muerte?
Nadie nace resolviendo así, la violencia extrema no aparece de la nada, se aprende, se observa, se normaliza, se absorbe durante años hasta que deja de sentirse extraordinaria. Un niño que responde con niveles desproporcionados de agresión probablemente ya convivía con ella mucho antes de ejercerla. Tal vez la veía en su casa, tal vez en su barrio, tal vez en la escuela, tal vez en las redes sociales, tal vez en todas partes al mismo tiempo.
Vivimos en una sociedad donde demasiadas veces la violencia es presentada como método legítimo de resolución. El que grita más “se impone”, el que golpea “se da a respetar”, el que humilla “gana” y mientras eso ocurre frente a los niños, pretendemos sorprendernos cuando esos mismos niños replican el patrón.
Por eso este caso no puede analizarse como un hecho aislado ni como un simple acto de “niños problemáticos” , es el reflejo de algo más profundo: una incapacidad creciente de resolver conflictos de manera civilizada. Una erosión progresiva de la empatía, una cultura donde la ira encuentra más espacio que el diálogo.
Y entonces las estadísticas comienzan a tener sentido. Cuando Interior y Policía explica que gran parte de las muertes violentas en República Dominicana no provienen directamente de la delincuencia organizada sino de conflictos sociales —discusiones personales, riñas, problemas entre conocidos, peleas cotidianas— muchos se sorprenden. Pero basta mirar alrededor para entenderlo. Somos una sociedad donde demasiadas personas reaccionan emocionalmente antes de pensar racionalmente.
El problema es que esa conducta no empieza en la adultez. El adulto violento rara vez apareció así de repente una mañana. Generalmente fue un niño expuesto durante años a agresión física, verbal o psicológica. Un niño que aprendió que la fuerza resolvía más rápido que las palabras. Un niño que vio golpes antes de aprender negociación. Un niño que recibió violencia o convivió tanto con ella que terminó perdiéndole el miedo.
Y cuando eso ocurre de manera masiva, la violencia deja de ser excepción y comienza a convertirse en cultura.
También hay una responsabilidad colectiva que incomoda admitir. Hemos normalizado demasiado contenido agresivo. Videos de peleas circulan como entretenimiento. Golpizas se comparten como espectáculo viral. Insultos y humillaciones públicas generan millones de vistas. La violencia dejó de producir solo rechazo; ahora también produce consumo.
Eso moldea mentalidades. Porque un niño no diferencia siempre entre lo que la sociedad condena y lo que la sociedad premia con atención.
Y mientras tanto seguimos atacando únicamente las consecuencias sin intervenir las raíces. Más patrullas ayudan. Más vigilancia ayuda. Más sometimientos ayudan. Pero si no atendemos la violencia emocional y cultural desde la infancia, seguiremos produciendo generaciones incapaces de gestionar frustraciones sin agresión.
La verdadera seguridad ciudadana no empieza únicamente con policías en las calles. Empieza en hogares funcionales, escuelas emocionalmente sanas y comunidades donde los niños aprendan que perder, discutir o enojarse no convierte la violencia en una respuesta válida.
Porque cuando niños matan por algo tan pequeño como un pez, el problema dejó de ser el pez hace mucho tiempo.