@abrilpenaabreu
La más reciente encuesta Gallup República Dominicana para Diario Libre deja una fotografía política interesante y, al mismo tiempo, peligrosa para el oficialismo: Luis Abinader sigue siendo una figura fuerte, con niveles importantes de aprobación, pero la percepción económica comienza a erosionar la paciencia social. Y en política hay una verdad vieja que nunca termina de morir: la gente puede tolerar muchas cosas, menos sentir que el dinero no le alcanza.
Los números son claros. El Gobierno sale relativamente bien evaluado en turismo, infraestructura, educación y transporte. Son áreas visibles, tangibles, con obras que la gente puede observar y con una narrativa gubernamental bien posicionada. Pero cuando la encuesta toca el bolsillo, el escenario cambia drásticamente.
La reducción de la pobreza aparece como una de las peores evaluadas. La percepción sobre la economía nacional también sale golpeada. Y eso importa muchísimo más de lo que algunos estrategas políticos quisieran admitir.
Porque las elecciones no se ganan únicamente con cifras macroeconómicas, crecimiento del PIB o informes positivos de organismos internacionales. Las elecciones se ganan —o se pierden— en la cotidianidad de la gente. En el supermercado. En el precio de los alimentos. En el costo de la renta. En la capacidad de resolver sin endeudarse.
Y ahí es donde comienza el verdadero desafío del PRM. Luis Abinader todavía conserva un capital político importante, incluso superior al desgaste natural que suele sufrir cualquier presidente después de varios años en el poder. Pero hay un detalle clave: Luis Abinader no será candidato. Y eso cambia completamente la ecuación.
Gran parte de la fortaleza electoral del oficialismo descansa sobre la figura presidencial, sobre su imagen personal de moderación, estabilidad y confianza. El problema para el PRM es descubrir si ese respaldo pertenece realmente al partido… o si pertenece principalmente a Luis Abinader. Son dos cosas muy distintas.
La historia política dominicana está llena de partidos que parecían invencibles mientras su líder principal estaba en la boleta, pero que comenzaron a fracturarse internamente cuando llegó el momento de definir sucesión.
Y justamente ahí empieza otro problema que ya comienza a asomarse. Aunque todavía falta tiempo para el proceso electoral, las tensiones internas empiezan a filtrarse poco a poco. Declaraciones, movimientos territoriales, estructuras alineándose silenciosamente y figuras intentando posicionarse desde temprano dejan entrever que la competencia interna podría ser mucho más dura de lo que públicamente se admite.
Si uno escucha comentarios en medios locales, analiza ciertos discursos y observa cómo algunos sectores comienzan a mover piezas, parecería que la maquinaria política ya empezó a calentarse. Y cuando las bases comienzan a dividirse antes de tiempo, el desgaste puede ser peligroso.
Porque las convenciones no solo escogen candidatos, también dejan heridas. El PRM tiene hoy una ventaja importante: sigue siendo el partido en el poder y mantiene una figura presidencial con niveles altos de aprobación. Pero también enfrenta un riesgo evidente: que la economía cotidiana termine pesando más que las obras visibles y que las divisiones internas erosionen la imagen de unidad que tanto le ayudó a llegar al poder.
La oposición seguramente leerá esta encuesta desde otro ángulo. Verá debilidad donde el Gobierno ve fortaleza. Verá oportunidades en el malestar económico y apostará a convertir la percepción sobre el costo de vida en el centro de la discusión política de cara al 2028.
Y sinceramente, no sería una estrategia equivocada, porque al final, la política tiene algo brutalmente simple: la gente vota muchas veces desde la emoción, pero casi siempre termina decidiendo desde la necesidad.
Y cuando el bolsillo aprieta, ninguna narrativa política duerme completamente tranquila.