Lic. Samuel Avila
El calendario electoral avanza inexorablemente hacia la cita presidencial y Colombia vuelve a mirarse en el espejo de sus peores pesadillas. La campaña no se está librando únicamente en las plazas públicas ni en los acalorados debates de encuestas y atriles; se está disputando, con una crudeza que estremece, en las periferias olvidadas del país, donde las balas y el control territorial de los grupos armados ilegales pretenden imponer la agenda del próximo gobierno. La ilusión de una transformación pacífica e institucional parece hoy un lujo lejano en una nación que camina sobre la delgada línea de la vulnerabilidad democrática.
A pocos meses de que culmine su mandato, el proyecto político de Gustavo Petro experimenta el inevitable desgaste del poder y el choque frontal contra la realidad. El relato de «los nadies» y las promesas de un cambio estructural, que en su momento sirvieron para canalizar un histórico malestar social, hoy tropiezan con un panorama fragmentado. El Pacto Histórico, su coalición de gobierno, llega a esta recta final desdibujado, carcomido por escándalos de corrupción desgarradores como el desfalco en la UNGRD con un Olmedo López declarándose culpable en los estrados y fracturado ante la urgencia de endosar un caudal electoral que parece diluirse. La reciente ebullición de candidaturas, que ha decantado fuerzas en figuras visibles de la oposición como Paloma Valencia o liderazgos de izquierda como Iván Cepeda, se da bajo un manto de enorme desconfianza institucional.
El concepto bandera de esta administración, la «Paz Total», afronta hoy su juicio más severo en el tribunal de la opinión pública. Lo que nació como una ambiciosa apuesta por desmantelar simultáneamente a todas las organizaciones criminales mediante el diálogo, terminó mutando en un repliegue del Estado que fortaleció el control social, las extorsiones y los paros armados del ELN, las disidencias de las FARC y el Clan del Golfo. El recrudecimiento de la violencia electoral evidenciado en recientes atentados mortales contra líderes de campaña en regiones como el Meta ha disparado las alarmas. La presión armada sobre los votantes en las urnas ya no es una hipótesis de analistas de escritorio; es una realidad que erosiona la legitimidad del voto libre y desnuda la fragilidad de nuestra arquitectura democrática.
En el centro de esta tormenta vuelve a emerger, con una sombra espesa, el fenómeno del narcotráfico. El debate ya no se limita a las hectáreas sembradas de coca, sino a la alarmante sofisticación de organizaciones criminales que operan con lógicas transnacionales. En amplios sectores del debate público y la oposición se ha revivido el fantasma de un «narcotráfico de Estado», no necesariamente como una política deliberada desde la Casa de Nariño, sino bajo la dolorosa lectura de un país cuyas instituciones locales, aduanas y rutas ribereñas han sido copadas, infiltradas o arrodilladas por los ríos de dinero de la mafia.
El gran desafío de Colombia es entender que el malestar social que llevó a la izquierda al poder no desaparecerá cuando este Gobierno termine; las promesas chocaron con la realidad, pero las deudas históricas y territoriales siguen intactas.
Esta fragilidad interna tiene un correlato inmediato en la imagen de Colombia frente al mundo y, de manera crucial, en su relación con su principal socio hemisférico: los Estados Unidos. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca alteró drásticamente el tablero geopolítico. La diplomacia del gobierno Petro ha tenido que realizar equilibradas e inverosímiles piruetas para evitar una ruptura catastrófica tras las feroces arremetidas de Trump el año pasado, cuando llegó a tildar al mandatario de «ilegítimo». Aunque el reciente encuentro bilateral en Washington a inicios de año saldó la foto con una cordialidad casi sorprendente con elogios mutuos de cortesía y notas manuscritas de afecto hacia el país, el pragmatismo de la era Trump no concede indulgencias.
Bajo la mesa, el mensaje de Washington ha sido de un crudo realismo político: las negociaciones sin consecuencias han terminado. La Casa Blanca condiciona la coexistencia y el apoyo presupuestal a resultados tangibles de seguridad y a una transparencia electoral absoluta en los comicios venideros. Para Petro, el dilema es de un costo político altísimo: ceder a las exigencias norteamericanas de reactivar bombardeos en zonas de conflicto asumiendo el trágico costo de bajas civiles y menores reclutados en las filas criminales o arriesgarse al aislamiento internacional en un vecindario cada vez más hostil, ejemplificado en la reciente e intempestiva expulsión de la embajadora colombiana en Bolivia bajo acusaciones de injerencia.
El panorama económico tampoco ofrece un bálsamo para el relato oficialista. El país navega aguas turbulentas marcadas por el bajo crecimiento, el marchitamiento de la confianza inversionista en los sectores de hidrocarburos debido a una atropellada transición energética, y decisiones judiciales como las de la Corte Constitucional, que han frenado los intentos del Ejecutivo de imponer cargas tributarias de emergencia. El ciudadano de a pie siente el impacto diario del costo de vida en el bolsillo, mientras la retórica política se radicaliza en los extremos, borrando cualquier posibilidad de consenso técnico.
Colombia se enfrenta, en definitiva, a un examen histórico de supervivencia institucional. El éxito de las próximas elecciones presidenciales no se medirá únicamente por el nombre del candidato que logre coronar la segunda vuelta, sino por la capacidad del Estado para salvar las urnas de la coacción de las armas y la contaminación de las economías ilícitas. En este ajedrez regional e internacional, el país ya no tiene margen de error: o se recupera la autoridad legítima y la seguridad jurídica en los territorios, o la nación se arriesga a profundizar un ciclo de inestabilidad y fragmentación del que tardará décadas en despertar.