Por Abril Peña
Durante décadas, hablar de deporte en República Dominicana era hablar casi exclusivamente de béisbol y no es para menos, el béisbol ha sido parte de nuestra identidad, de nuestros sueños colectivos y de una de las rutas más visibles de movilidad social para miles de jóvenes dominicanos.
Pero algo está ocurriendo y aunque todavía muchos no lo notan, el cambio ya empezó.
El fútbol está dejando de ser “el deporte de los hijos de extranjeros”, “el deporte de los colegios privados” o esa actividad secundaria que se practicaba los sábados en algunos clubes. Hoy, silenciosamente, se está convirtiendo en uno de los fenómenos deportivos y culturales de mayor crecimiento en República Dominicana.
Y el país todavía no parece entender del todo lo que eso significa.
No es casualidad que este 25 de mayo, cuando el mundo celebra oficialmente el Día Mundial del Fútbol —proclamado por las Naciones Unidas en 2024 para reconocer el impacto global de este deporte—, República Dominicana llegue a esta fecha en un momento distinto al de hace apenas una década.
Porque sí, aunque todavía estamos lejos de las potencias futbolísticas, algo está cambiando.
Por primera vez, la selección dominicana logró clasificar a una Copa Oro de la Concacaf, un hito que hace pocos años parecía improbable. Además, el país ha venido escalando competitivamente en categorías juveniles y desarrollando mayor presencia internacional.
Pero reducir el fenómeno únicamente a resultados deportivos sería quedarse corto.
Lo interesante del crecimiento del fútbol dominicano no ocurre solo en los estadios. Está ocurriendo en los barrios, en las escuelas, en las academias privadas, en las familias de clase media y en el cambio cultural de toda una generación.
Hoy miles de niños dominicanos crecen admirando a Lionel Messi, Cristiano Ronaldo, Kylian Mbappé o Vinícius Jr. tanto como antes admiraban únicamente a Pedro Martínez o David Ortiz.
Las conversaciones deportivas ya no son exclusivamente sobre Grandes Ligas, los fines de semana muchas familias se levantan temprano para ver partidos europeos, las academias de fútbol proliferan, los torneos juveniles se multiplican.
Y detrás de todo eso hay algo más profundo: una transformación cultural.
También hay factores sociales que han influido. La presencia de comunidades extranjeras —venezolanas, colombianas, argentinas, españolas y europeas— ha traído consigo una cultura futbolera que poco a poco se ha ido mezclando con la dominicana.
Pero además, el fútbol ofrece algo que el béisbol no siempre garantiza: acceso relativamente más económico y menos dependencia de estructuras complejas.
Un balón, un espacio abierto y ganas de jugar, eso ha permitido que el deporte gane terreno incluso fuera de sectores históricamente privilegiados.
Ahora bien, aquí viene la gran pregunta: ¿Está el Estado dominicano entendiendo el potencial real del fútbol? Porque esto no es solo deporte, es economía, es turismo deportivo, es salud, es disciplina, es formación social, es industria.
Países pequeños han construido ecosistemas económicos alrededor del fútbol: torneos, exportación de talento, academias internacionales, eventos deportivos y formación técnica.
República Dominicana podría aprovechar parte de esa ola. Sobre todo en un contexto donde el Mundial de 2026, organizado por Estados Unidos, México y Canadá, volverá a disparar el interés global por este deporte. Será además el primer Mundial con 48 selecciones, ampliando oportunidades competitivas para países emergentes.
Pero para eso hay que dejar de ver el fútbol como una simple moda, porque quizá el error sea pensar que el fútbol viene a sustituir al béisbol. No.
La verdadera oportunidad está en entender que un país puede tener más de una pasión deportiva y que mientras seguimos mirando solo el diamante, tal vez una revolución silenciosa ya se esté jugando en otra cancha.