@abrilpenaabreu
Cuando un menor muere a manos de su propia hermana, no estamos frente a un crimen cualquiera, estamos frente al colapso total de lo que se supone debía sino protegerlo al menos quererlo y cuando estos casos dejan de sorprendernos, el problema ya no es solo criminal: es moral, social y colectivo.
En República Dominicana hoy hay niños criando niños. Hay niñas entregadas a adultos bajo la falsa promesa de “un mejor futuro”. Hay adolescentes creciendo sin padre, sin supervisión y sin horizonte. Y hay una sociedad que lo ve… y sigue de largo.
Aquí nadie quiere asumir su parte, la familia dice que es un problema del Estado, este dice que tiene programas sociales y da discursos grandilocuentes de los impactados, demasiado tarde y demasiados pocos y la sociedad se refugia en el “eso no es conmigo” y “con mis hijos no te metas” …Mientras tanto, los menores pagan el precio.
Las madres, abuelas, tías solas cargan con todo: crianza, sustento, disciplina y afecto, los padres la mayor de las veces ausentes se normalizan, la escuela pierde capacidad de retener, la violencia se vuelve método de corrección y calle termina de educar lo que el hogar no pudo o no quiso.
Lo más grave no es solo lo que pasa, sino lo que hemos normalizado: menores con adultos, sexo y embarazos a edades en las que debería haber cuadernos, no cunas, golpes disfrazados de disciplina, silencios que encubren abusos, negociaciones familiares que sustituyen la justicia, prostitución, drogadicción, delincuencia…
Y cuando finalmente ocurre la tragedia, todos preguntan “¿cómo fue posible?”, es posible porque miramos para otro lado demasiadas veces, nadie tenía el turno al bate.
Las instituciones están desbordadas, sí, pero también lo está la conciencia social, denunciar se ha vuelto incómodo, intervenir, peligroso. Y así, la degradación avanza sin resistencia.
Aquí falló la familia que no educó ni protegió, falló el Estado que no previno y falló la sociedad que se acostumbró.
Si no estamos dispuestos a incomodarnos, a denunciar, a exigir, a cuestionar prácticas culturales profundamente dañinas, entonces no finjamos sorpresa cuando el próximo nombre sea otro niño más.
Porque una sociedad que no protege a sus menores no tiene futuro, solo repetición.