En política, no todo error se comete en la ejecución, algunos —cada vez más frecuentes— se cometen en la forma de comunicar.
Lo ocurrido en Santo Domingo Norte tras las recientes inundaciones no ha generado indignación por una comida, ni por una pausa luego de horas de trabajo. Eso sería, incluso, comprensible.
Lo que ha generado rechazo es otra cosa: el momento, la forma y la desconexión.
En medio de una situación crítica, con comunidades afectadas, pérdidas materiales y un municipio que arrastra desde hace semanas problemas visibles como la acumulación de basura, la alcaldesa Betty Gerónimo y un ministro compartieron un reel en redes sociales en el que se les observa sentados en una acera, comiendo chicharrón de Villa Mella tras una jornada de trabajo.
En otro contexto, incluso, habría sido una escena cercana, humana… hasta simpática, con profundo trasfondo cultural y comercial, después de todo Villa Mella es la casa del chicharrón, pero no era ese el momento y en política, el momento lo es todo.
Porque mientras algunos intentaban conectar desde lo cotidiano, muchos ciudadanos estaban lidiando con el impacto directo de las lluvias: casas inundadas, pérdidas económicas y una sensación creciente de impotencia.
La reacción no se hizo esperar, no por lo que hicieron… sino por cómo se mostró y ahí está el punto.
La gestión pública no se mide únicamente por lo que se hace en el terreno, sino también por cómo se interpreta desde la ciudadanía. Y en contextos de crisis, la percepción no es un elemento secundario: es parte central de la gobernabilidad.
El gobierno central atraviesa un momento sensible. Las tensiones acumuladas, las pérdidas recientes y el clima de frustración social han elevado el nivel de exigencia ciudadana. En ese escenario, cualquier mensaje fuera de tono —sea justo o no— se amplifica.
No se trata de culpas, se trata de contexto.
En tiempos donde la comunicación política se ha confundido con la lógica de las redes sociales, parece haberse instalado la idea de que todo debe ser compartido, todo debe ser mostrado, todo debe generar conexión inmediata.
Pero gobernar no es hacer contenido y liderar no es comportarse como influencer, hay momentos que no son para publicar.
Hay momentos que exigen silencio, sobriedad y presencia.
Porque el ciudadano, cuando pierde, cuando sufre, cuando se siente desprotegido, no está en disposición de interpretar matices. Y tampoco debería estarlo.
La comunicación asertiva no es un lujo en la gestión pública es una responsabilidad.
Y cuando falla —como ha ocurrido en este caso— no solo afecta la imagen de quien comunica, sino que erosiona la confianza en el sistema en su conjunto.
A veces, no es lo que se hizo, es cómo se mostró y en política, esa diferencia lo cambia todo.