Cada 27 de febrero el país escucha cifras, pero la política no se mide en números, se mide en consecuencias.
La rendición de cuentas del presidente Luis Abinader no fue una exposición tradicional de obras, ni un listado de inauguraciones, fue más bien, la presentación de una idea: la República Dominicana quiere dejar de ser un país en crecimiento para convertirse en un país desarrollado.
El propio discurso lo admitió con claridad al señalar que el desafío de esta generación ya no es simplemente crecer, sino cómo crecemos y para quién crecemos. Y ahí está el verdadero tema.
Durante décadas el modelo dominicano ha sido consistente: estabilidad macroeconómica, inversión extranjera, turismo, zonas francas y construcción. Ese modelo funcionó. Produjo crecimiento sostenido incluso en momentos de crisis regionales. Pero también produjo algo más silencioso: una brecha persistente entre los indicadores económicos y la vida cotidiana de la mayoría. El país crecía más rápido que el bienestar.
Por eso la rendición de cuentas no debe evaluarse solo por la cantidad de obras, los visitantes turísticos o la inversión captada. Debe evaluarse por si estamos frente a un cambio de modelo o solo ante una mejora del mismo modelo.
El gobierno planteó la meta de duplicar la economía hacia el 2036. La pregunta no es si es posible. La verdadera pregunta es otra: ¿duplicar el tamaño de la economía duplicará también la calidad de vida?
Porque el problema dominicano nunca ha sido únicamente la pobreza; ha sido la desconexión entre crecimiento y distribución. Cuando una economía crece pero la movilidad social es limitada, el crecimiento se vuelve estadístico, no social.
La política pública presentada en la rendición de cuentas apunta a una transición: más formalización laboral, aumento salarial, titulación de viviendas, ampliación de la protección social y expansión del crédito productivo. Son medidas correctas, pero todavía insuficientes para declarar un cambio estructural.
El reto real no está en atraer inversión. La República Dominicana ha demostrado que sabe hacerlo. El reto está en transformar esa inversión en salarios sostenibles, educación funcional y servicios públicos confiables. El desarrollo no se declara, se siente.
Un país comienza a desarrollarse cuando el ciudadano deja de depender de un subsidio para depender de su trabajo. Cuando la educación abre oportunidades reales. Cuando la seguridad social protege y cuando el empleo formal es la norma, no la excepción.
La rendición de cuentas abre una etapa distinta del debate nacional. Ya no discutimos si el país crece. Eso está demostrado. La discusión que comienza ahora es si ese crecimiento se convertirá en prosperidad compartida.
Ese es el examen verdadero del gobierno y también del Estado dominicano , porque el éxito no será alcanzar un mayor PIB, el éxito será que la gente pueda vivir mejor sin necesidad de irse del país.