En República Dominicana el debate educativo parece girar siempre en círculo. Cuando no discutimos la infraestructura escolar, discutimos el currículo; cuando no hablamos del presupuesto del 4 %, hablamos de la formación docente. Sin embargo, hay un factor que está transformando silenciosamente la mente, la conducta y el aprendizaje de toda una generación y que, sorprendentemente, casi no forma parte de la conversación pública: el impacto del internet y de las redes sociales en la educación.
La tecnología ha sido presentada durante años como una especie de solución mágica. Tablets en las aulas, plataformas digitales, acceso ilimitado a internet. La promesa era sencilla: más tecnología significaría mejor educación. Pero la realidad que comienza a emerger en distintos países del mundo es mucho más compleja.
Hoy, algunas de las naciones con mejores sistemas educativos están revisando críticamente el entusiasmo inicial por la digitalización total de la enseñanza. En Francia, por ejemplo, se prohibió el uso de teléfonos móviles en las escuelas para mejorar la concentración y reducir el ciberacoso. En varios estados de Australia se han adoptado medidas similares. Incluso países altamente digitalizados como Finlandia o Suecia han comenzado a corregir el exceso de pantallas en el aula al observar retrocesos en habilidades básicas como la comprensión lectora.
El debate internacional ya no es si la tecnología debe existir en la educación, sino cómo regular su uso para evitar efectos negativos sobre el aprendizaje y la salud mental de los estudiantes.
Y no se trata únicamente del aula.
Las redes sociales, dominadas por algoritmos diseñados para captar la atención durante el mayor tiempo posible, están bajo escrutinio en distintas partes del mundo. Meta por ejemplo, ha enfrentado investigaciones y audiencias legislativas debido a preocupaciones sobre el impacto de sus plataformas en adolescentes, particularmente en temas relacionados con adicción digital, ansiedad y depresión.
Del mismo modo, plataformas de videojuegos que funcionan como verdaderos espacios sociales digitales, como Roblox o Fornite han sido objeto de investigaciones y advertencias por los riesgos que pueden representar para menores en entornos con escasa supervisión.
Todo esto forma parte de un debate global que reconoce una realidad incómoda: la tecnología no solo informa o entretiene, también moldea conductas, hábitos y formas de relacionarse con el mundo.
Mientras tanto, en República Dominicana, el tema prácticamente no existe en la agenda pública.
La violencia escolar continúa en aumento. El bullying, que ahora se amplifica a través del ciberacoso, deja de limitarse a las aulas para perseguir a las víctimas incluso en sus propios hogares. El acceso temprano e indiscriminado a contenidos sexuales, incluidos materiales vinculados a la pornografía infantil, se ha convertido en un problema creciente. Al mismo tiempo, psicólogos y psiquiatras reportan cada vez más casos de ansiedad, depresión y aislamiento social entre niños y adolescentes.
A pesar de estas señales de alerta, el país parece mirar hacia otro lado.
No se trata de demonizar la tecnología ni de promover un regreso imposible a un mundo analógico. Internet es hoy una herramienta indispensable para el conocimiento, la innovación y el desarrollo. Pero precisamente por su enorme poder de influencia, su uso no puede quedar completamente librado al azar.
Los países que encabezan los rankings educativos no han renunciado a la tecnología. Lo que han hecho es reconocer que su incorporación debe ser estratégica, regulada y acompañada por una reflexión profunda sobre sus efectos.
En cambio, en la República Dominicana seguimos discutiendo la educación como si el contexto cultural y tecnológico en el que viven nuestros estudiantes fuera el mismo de hace veinte o treinta años.
La realidad es otra.
Hoy los niños llegan al aula con un teléfono en la mano, con acceso ilimitado a contenidos que sus padres y maestros muchas veces ni siquiera conocen. Sus referentes culturales, su manera de comunicarse e incluso su capacidad de concentración están siendo moldeados por plataformas digitales diseñadas para competir agresivamente por su atención.
Pretender educar ignorando esa realidad es, sencillamente, cerrar los ojos.
Si de verdad queremos mejorar la educación dominicana, el país debe empezar a hablar seriamente sobre el impacto de la tecnología en el aprendizaje, la conducta y la salud mental de las nuevas generaciones.
No hay que esperar a que la sangre llegue al río.
A veces, mirar la experiencia de otros países —especialmente de aquellos que lideran los indicadores educativos— puede evitar que repitamos errores que ellos ya comenzaron a corregir.
Porque cuando una sociedad decide ignorar los problemas emergentes, lo que hoy parece una incomodidad pasajera mañana puede convertirse en una crisis difícil de revertir.