Por Abril Peña
Cada 22 de marzo, el mundo conmemora el Día Mundial del Agua, una fecha que debería invitarnos a reflexionar sobre uno de los recursos más esenciales para la vida. Sin embargo, en República Dominicana, el agua no es solo un tema ambiental: es una realidad cotidiana marcada por la desigualdad, la ineficiencia y la falta de planificación.
Vivimos en una isla rodeada de agua, con ríos, presas y una pluviometría envidiable en la región. A simple vista, parecería que el acceso está garantizado. Pero la experiencia diaria de miles de dominicanos cuenta otra historia: barrios enteros que reciben agua una o dos veces por semana, familias que dependen de camiones cisterna y comunidades rurales que aún no tienen acceso a sistemas de distribución formales.
Un país con agua… pero sin acceso garantizado
La paradoja dominicana es clara: no es tanto un problema de disponibilidad, sino de gestión y hasta de responsabilidad de cada ciudadano.
Las pérdidas en el sistema de distribución —por fugas, conexiones ilegales o infraestructura obsoleta— superan niveles alarmantes. A esto se suma una planificación urbana que ha crecido más rápido que la capacidad del Estado para garantizar servicios básicos.
En sectores del Gran Santo Domingo, el acceso al agua depende del horario, la presión o, simplemente, de la suerte. Mientras tanto, zonas turísticas mantienen un suministro más estable, lo que evidencia una brecha que también tiene un componente económico.
Agua y desigualdad: una relación directa
El acceso al agua en República Dominicana es, en muchos casos, un reflejo del nivel socioeconómico.
Quien puede pagar, resuelve: compra tinacos, instala bombas o contrata camiones. Quien no, espera. Y esa espera tiene consecuencias: en la higiene, en la salud, en la calidad de vida.
El agua, que debería ser un derecho básico, se convierte en un privilegio silencioso.
Contaminación: el otro enemigo invisible
A la crisis de acceso se suma un problema igual de grave: la calidad del agua.
Ríos contaminados por desechos sólidos, vertidos industriales y aguas residuales sin tratar afectan no solo al medio ambiente, sino también a la seguridad alimentaria y a la salud pública.
Casos como la contaminación del río Ozama o el deterioro de cuencas hidrográficas clave evidencian la falta de políticas sostenidas de protección ambiental. No se trata solo de llevar agua a los hogares, sino de garantizar que esa agua sea segura.
Cambio climático: la amenaza que ya está aquí
El cambio climático añade presión a un sistema ya frágil. Sequías más intensas, lluvias irregulares y eventos extremos afectan directamente la disponibilidad del recurso.
En un país vulnerable como el nuestro, la gestión del agua debería ser una prioridad nacional estratégica. Sin embargo, sigue tratándose como un problema operativo y no como un tema de seguridad.
¿Qué estamos haciendo —y qué falta por hacer?
El Estado ha impulsado proyectos de presas, acueductos y mejoras en la distribución. Pero los avances no han sido suficientes frente al crecimiento poblacional y la demanda.
La solución no pasa solo por construir más infraestructura, sino por:
- Modernizar los sistemas existentes
- Reducir pérdidas en la red
- Proteger las cuencas hidrográficas
- Educar a la población sobre el uso responsable
- Establecer políticas claras y sostenidas en el tiempo
El verdadero debate pendiente
El Día Mundial del Agua no debería ser solo una fecha simbólica. En República Dominicana, debería ser un llamado urgente a replantearnos cómo estamos gestionando uno de nuestros recursos más valiosos.
Porque la pregunta no es si tenemos agua.
La pregunta es: ¿por qué, teniendo tanto, seguimos viviendo como si nos faltara?