Cada vez que ocurre un caso de acoso en República Dominicana, el debate se activa, se habla de violencia de género, se exige respeto, se piden sanciones ejemplares.
Pero el pasado domingo, durante el desfile militar en el Malecón de Santo Domingo, ocurrió algo que revela un doble rasero preocupante.
Un grupo de jóvenes tocó los genitales de varios militares que desfilaban, no hubo consentimiento, no fue una broma privada, fue en público.
Fue en una actividad familiar y el país… lo convirtió en chiste, ahora hagamos el ejercicio inverso.
Si un grupo de hombres hubiese tocado los senos o la vagina de una mujer en medio del desfile, hoy estaríamos hablando de cárcel, de indignación nacional y de violencia de género.
Los responsables estarían identificados, ll escándalo sería mayúsculo, pero como esta vez las víctimas eran hombres, el hecho se minimizó, ese tratamiento desigual no es justicia.
Es otro rostro del mismo machismo que decimos combatir, porque el machismo también dice que el hombre “no se ofende”, que “eso no le molesta”, que “debe sentirse halagado”.
Y eso es profundamente dañino, el consentimiento no depende del sexo, el respeto tampoco, el cuerpo ajeno no se toca sin permiso, ni en desfile, ni en uniforme, ni en broma.
Lo ocurrido no solo fue una falta de respeto a esos militares como individuos, fue una falta de respeto al uniforme que portaba y a las instituciones que representan.
Y a las familias que asistieron a una actividad cultural que debía ser pública y familiar, no sexualizada, más preocupante aún es el silencio institucional.
Cuando no hay reacción, se envía un mensaje: que no es grave, que no importa, que es parte del “ambiente”.
Y si de verdad aspiramos a reducir la violencia en todas sus formas, debemos empezar por algo elemental: coherencia.
No podemos indignarnos selectivamente, vuando hablamos de género, hablamos de derechos de hombres y mujeres, cuando hablamos de respeto, hablamos de todos.
Cuando hablamos de educación, hablamos de límites claros, si normalizamos la invasión del cuerpo porque la víctima es hombre, estamos sembrando la misma cultura que después criticamos cuando las víctimas son mujeres.
Una sociedad madura entiende que el consentimiento no es un chist y que el respeto no cambia según quién sea la víctima.
Si queremos menos violencia, más educación y más civismo, el estándar debe ser el mismo para todos, porque la igualdad no es solo exigir derechos.
También es aplicar las mismas reglas.