Cada Viernes Santo, desde el púlpito de la Catedral Primada de América, se pronuncia un mensaje que el país escucha… pero rara vez asume. El Sermón de las 7 Palabras 2026 no fue la excepción.
Con un tono sobrio, pero cargado de advertencias, la Iglesia volvió a poner sobre la mesa los mismos temas que han marcado la conversación nacional durante años: desigualdad persistente, violencia creciente, corrupción enquistada, deterioro del tejido social, crisis ambiental y una juventud atrapada entre la falta de oportunidades y la incertidumbre.
Nada nuevo, y ahí está precisamente el problema. Porque si el diagnóstico no cambia, es porque la enfermedad sigue intacta.
La República Dominicana lleva años creciendo en cifras macroeconómicas, pero ese crecimiento no logra traducirse en bienestar real para una parte importante de su población. El sermón lo insinuó sin ambigüedades: hay una desconexión cada vez más evidente entre el país que se proyecta en los indicadores y el que se vive en la cotidianidad.
A esto se suma una violencia que ha dejado de ser excepcional para convertirse en parte del paisaje. No solo la delincuencia, sino una violencia más profunda: la del abandono, la exclusión y la falta de respuestas estructurales.
En ese contexto, la referencia a la juventud no es menor. Un país que no logra integrar a sus jóvenes —ni en educación, ni en empleo, ni en oportunidades reales de movilidad social— está sembrando las condiciones para una crisis futura de mayor escala.
Y como telón de fondo, una realidad que sigue presionando a la República Dominicana desde su frontera: Haití.
El sermón apeló a la solidaridad, pero también dejó entrever una verdad incómoda: la crisis haitiana no se resolverá únicamente con medidas de contención o pacificación. Es un problema estructural, histórico y multidimensional, cuya carga —si no se maneja con visión estratégica— corre el riesgo de recaer desproporcionadamente sobre el país.
Sin embargo, quizás el punto más relevante del mensaje no estuvo en las críticas al Estado, sino en el llamado a la responsabilidad colectiva.
Porque es fácil exigir desde fuera. Más difícil es reconocer el rol que cada sector —y cada ciudadano— juega en la reproducción de los mismos problemas que luego se denuncian.
La pregunta entonces no es qué dijo el Sermón de las 7 Palabras este año. La pregunta es por qué, año tras año, sigue diciendo lo mismo.
¿Se ha convertido este espacio en una especie de editorial moral que sustituye el debate político que no estamos teniendo como sociedad?
¿O simplemente en un ritual que escuchamos con solemnidad… para luego ignorarlo? El riesgo es claro: normalizar el diagnóstico.
Y cuando una sociedad normaliza sus propias advertencias, comienza también a normalizar su deterioro. Porque no se trata de escuchar.
Se trata de corregir y eso —hasta ahora— sigue siendo la tarea pendiente.