Por Luis Ruiz
En tiempos de incertidumbre tecnológica, no es extraño que resurjan viejos fantasmas con nuevos nombres. Hoy, la inteligencia artificial se ha convertido en el lienzo sobre el cual algunos proyectan una visión inquietante del futuro: una sociedad donde solo sobreviven los “útiles”, donde la compasión desaparece y donde los seres humanos pasan a ser piezas descartables de un sistema frío y calculador.
Pero conviene poner las cosas en su justa dimensión.
La idea de que la inteligencia artificial impondrá una especie de “darwinismo social” no es más que una reinterpretación moderna de una vieja distorsión ideológica. El darwinismo, en su sentido biológico, explica la evolución de las especies; en su versión social, ha sido utilizado históricamente para justificar desigualdades, exclusión e incluso atrocidades. Pensar que la IA conducirá inevitablemente a ese escenario no solo es exagerado, sino intelectualmente débil.
La inteligencia artificial no tiene voluntad, ni ética propia, ni instinto de supervivencia. Es una herramienta. Y como toda herramienta poderosa, su impacto dependerá de quién la controle, cómo se regule y con qué valores se utilice. No decide quién vive o quién sobra; esas decisiones —cuando se toman— siguen siendo profundamente humanas.
Sin embargo, el temor no surge de la nada. Existe una inquietud legítima: la posibilidad de que la tecnología amplifique las desigualdades existentes. La automatización puede desplazar empleos, la concentración del conocimiento puede fortalecer élites tecnológicas, y la dependencia de sistemas automatizados puede debilitar la autonomía individual. Pero estos riesgos no conducen necesariamente a la eliminación de personas, sino a un desafío mucho más realista: la necesidad de adaptación social, económica y política.
Resulta curioso que quienes anuncian un futuro despiadado dominado por la IA, al mismo tiempo describan una sociedad donde desaparecen la pobreza y la riqueza extrema, donde la distribución se vuelve el eje central y donde cada quien recibe según sus necesidades. Esa contradicción revela más un ejercicio retórico que una proyección seria. No se puede, al mismo tiempo, eliminar la compasión y construir una sociedad equitativa.
El verdadero debate no es si la inteligencia artificial nos sustituirá como humanidad, sino si seremos capaces de gobernarla con inteligencia política y sentido ético. ¿Se concentrará su poder en pocas manos o se democratizarán sus beneficios? ¿Se utilizará para controlar o para liberar? ¿Para excluir o para integrar?
La historia enseña que ninguna revolución tecnológica ha eliminado al ser humano; lo ha transformado. La imprenta, la máquina de vapor, la electricidad y la informática generaron temores similares, y sin embargo, también abrieron espacios de progreso. La inteligencia artificial no será la excepción, aunque su velocidad y alcance exijan mayor responsabilidad.
El riesgo real no es una máquina que nos descarte, sino una sociedad que, por miedo o conveniencia, renuncie a sus principios y utilice la tecnología como excusa para deshumanizar.
Al final, la pregunta no es qué hará la inteligencia artificial con nosotros, sino qué estamos dispuestos a hacer nosotros con ella.