La línea que no queremos dibujar, lo ocurrido en Villa Linda ha generado indignación, pero también algo más preocupante: justificación.
Una niña fue obligada a colocar las manos sobre una hornilla caliente, golpeada para que no llorara y encerrada para que nadie la escuchara. Sin embargo, apenas se conoció el caso, volvió a aparecer una frase que en el país se repite casi como consejo familiar “Una pela a tiempo endereza”.
Ahí es donde el hecho deja de ser solo policial y se convierte en social, en República Dominicana todavía existe una creencia muy arraigada: que el dolor físico forma carácter. El chancletazo, el correazo, el golpe “para que aprenda”. Muchas personas no lo perciben como violencia sino como parte natural de la crianza. Y durante generaciones fue aceptado así.
El problema es que esa práctica nunca tuvo un límite claro ¿Dónde termina la corrección y comienza el maltrato? La respuesta casi siempre depende del adulto, de su carácter, de su paciencia, del estrés del momento y cuando el límite depende del estado emocional de quien castiga, el niño queda sin protección real.
Por eso estos casos no surgen de la nada, la violencia doméstica casi nunca empieza con un acto extremo, comienza con algo socialmente permitido, primero un golpe leve, luego uno más fuerte, después un castigo mayor “para que entienda” hasta que un día la línea se cruza definitivamente.
La ley dominicana protege la integridad física y emocional de los menores, no elimina la autoridad de los padres ni les impide corregir, lo que establece es un principio básico: educar no puede implicar causar daño físico.
Porque autoridad y violencia no son lo mismo, la autoridad enseña responsabilidad y autocontrol, la violencia a esos niveles solo logra obediencia momentánea, un niño puede comportarse por miedo, pero el miedo no educa; solo evita el castigo inmediato, con el tiempo suele convertirse en silencio, resentimiento o agresividad.
La conocida frase “yo crecí así y salí bien” intenta cerrar el debate, pero en realidad lo evita, nadie puede medir las consecuencias emocionales que cada persona aprendió a callar, lo único comprobable es que el dolor físico no garantiza mejores ciudadanos.
El caso de Villa Linda obliga a plantear una pregunta que el país ha pospuesto durante años: ¿puede la disciplina depender del enojo del adulto?
Si la respuesta es sí, entonces nunca habrá un límite claro y cuando el límite no es claro, siempre habrá niños expuestos, este no es un debate sobre debilitar la familia ni sobre quitar autoridad a los padres, es exactamente lo contrario, es reconocer que la autoridad verdadera no necesita violencia para existir.
Una sociedad se define por cómo protege a quienes no pueden defenderse y cuando un castigo incluye quemaduras, golpes y encierro, la discusión deja de ser cultural o pedagógica, se convierte, simplemente, en un asunto de humanidad.