El caso Lumijor contra el supermercado Bravo ha generado mucho debate en los últimos días, pero la discusión que estamos viendo en redes sociales apenas roza la superficie del problema.
Porque este caso no es realmente sobre una marca de pan, es sobre algo mucho más profundo: el avance de las llamadas “marcas blancas” y el impacto que pueden tener sobre la producción nacional.
A simple vista podría parecer un asunto de libre competencia, si un supermercado vende un producto más barato, el consumidor gana… ¿verdad? No necesariamente.
La mayoría de las marcas blancas que vemos en los estantes no son productos fabricados localmente, son productos importados a muy bajo costo, muchas veces producidos a gran escala en otros países.
Eso significa que los productores dominicanos tienen que competir con precios que, en muchos casos, simplemente no pueden igualar, pero el problema no termina ahí.
A esto se suma otra práctica que muchos productores denuncian desde hace años: la presión de algunas grandes cadenas para que bajen sus precios a niveles que resultan prácticamente insostenibles para la industria local.
El resultado es un equilibrio peligroso, en el corto plazo, el consumidor puede pagar menos. Pero en el largo plazo, lo que está en juego es algo mucho más serio: empleos, producción nacional y seguridad económica.
Y aquí aparece otra pregunta incómoda. En el país se habla de la expansión acelerada de grandes cadenas comerciales.
Entre supermercados tradicionales y nuevas tiendas de marcas blancas, algunos planes hablan de cientos de nuevas sucursales en los próximos años.
¿Tiene el mercado dominicano capacidad real para absorber esa expansión?
¿Se está evaluando el impacto sobre los productores locales?
¿Se están fiscalizando adecuadamente los productos importados?
¿Todos cumplen con registro sanitario y con las mismas reglas que se exigen a la producción nacional?
Porque cuando las reglas no son iguales para todos, ya no estamos hablando de competencia… estamos hablando de desequilibrio.
Por eso el debate no debería centrarse únicamente en si Lumijor tiene razón o si Bravo tiene razón, la discusión de fondo es otra.
¿Hasta dónde pueden las grandes cadenas imponer sus propias marcas?
¿Y qué papel debe jugar el Estado para proteger el ecosistema productivo nacional sin afectar al consumidor?
Porque al final, un país que pierde su capacidad de producir lo que consume, tarde o temprano termina pagando ese precio.
Y ese es un debate que la República Dominicana tarde o temprano tendrá que enfrentar.