Por Abril Peña
Durante mucho tiempo creímos que informar era suficiente, que bastaba con investigar, verificar y publicar para cumplir con el rol del periodista.
Pero el mundo cambió… y con él, cambió también el lugar desde donde se construye la realidad.
El periodismo ya no tiene el control del relato Y quizás lo más incómodo no es eso… sino que todavía hay quienes actúan como si lo tuviéramos
Hoy el periodista no compite solo con otros medios, compite con algoritmos, tendencias… y con cualquiera que sepa captar atención.
Ayer fue el Día del Periodista y más allá de las felicitaciones, vale la pena hacerse una pregunta incómoda: ¿qué significa realmente ser periodista en un mundo donde cualquiera puede informar, opinar y viralizar contenido en segundos?
Porque si algo ha cambiado en esta era no es solo la velocidad de la información… es quién tiene el poder de posicionarla.
Durante años nos enseñaron que el periodista era un intermediario, un filtro, un garante de la verdad, era quien investigaba, organizaba los hechos y los ponía frente a la sociedad.
Pero ese modelo ya no existe como antes, hoy el periodista no compite solo con otros periodistas.
Compite con:
- redes sociales
- creadores de contenido
- algoritmos
- tendencias
Compite por atención y en ese nuevo escenario, informar ya no basta.
Aquí es donde la conversación se vuelve incómoda, incluso dentro del propio gremio, el periodista también construye narrativa.
Decide:
- qué se cuenta
- qué se omite
- desde qué ángulo se presenta
No es un actor neutral absoluto, de hecho para mí nunca lo ha sido y el que diga que es totalmente neutral o miente a los demás o se miente a sí mismo.
Pero lo cierto es que antes eso no era tan evidente, se guardaban las formas, hoy no hay empacho en admitir que bando se apoya a la franca o no, pero para fines d banca y Pool es lo mismo.
Esto se vuelve aún más claro cuando miramos la geopolítica, conflictos como el de Rusia y Ucrania no solo se libran con armas, se libran con relatos. (Algo de eso hablamos la semana pasada).
Cada medio, cada país, cada plataforma construye su versión y el periodista ya no solo informa sobre la guerra… también forma parte del terreno donde esa guerra se interpreta.
Vivimos en un ecosistema donde Occidente domina gran parte de:
- los grandes medios
- las plataformas digitales
- la industria cultural
Eso significa que mucho de lo que vemos sobre países como China o Rusia llega filtrado por ese lente, no necesariamente falso, tampoco completamente neutral, y lo mismo ocurre con cualquier otro país que no responda a los estándares culturales o democráticos de lo que llamamos Occidente.
Pero del otro lado ocurre lo mismo, no es solo una lucha de sistemas, es una lucha por quién define la realidad.
Aquí aparece otra tensión que define esta época, el periodista y el influencer ya no vivimos en mundos separados, competimos por el mismo espacio.
El influencer:
- capta atención
- simplifica
- conecta rápido
- mueve emociones
El periodista:
- investiga
- contextualiza
- verifica
- aporta profundidad
El problema es evidente: el público premia al primero… pero en teoría necesita al segundo.
Y este es un cambio que nadie quería aceptar, antes, el periodista podía ser casi anónimo, la noticia era lo importante, la firma era secundaria, hoy eso cambió.
A ese cambio se suma otro elemento que durante mucho tiempo no formó parte de la ecuación: la imagen. Hoy los periodistas —y en particular la periodistas- no solo son evaluados por lo que dicen, sino por cómo se ven, la audiencia quiere escuchar, pero también quiere ver, identificar, conectar y en ese proceso operan sesgos que no siempre se reconocen abiertamente: la estética, la proyección personal, el cuidado de la imagen influyen en la percepción de credibilidad y autoridad. No es un fenómeno nuevo —figuras como Oprah Winfrey construyeron una relación poderosa con la audiencia más allá de los estándares físicos tradicionales—, pero hoy la exigencia es más visible y más constante, no necesariamente por salud o vanidad, sino porque en un ecosistema dominado por lo visual, la imagen también se convierte en una herramienta de influencia, ignorarlo no elimina ese factor; solo deja al periodista en desventaja frente a un entorno que sí lo está utilizando.
El periodista que no construye presencia:
- no circula
- no se posiciona
- no logra impacto
Y en muchos casos, desaparece del debate público, no porque no tenga razón, sino porque no tiene alcance.
Aquí está el verdadero giro, el periodista ya no puede limitarse a informar.
Tiene que:
- explicar
- traducir
- conectar
- y sí… influir
No como propaganda, si no como forma de supervivencia profesional.
Porque en un entorno saturado de información, la verdad que no se ve… no existe, pero este cambio también tiene un costo, cuando el periodista entra en la lógica de la influencia, corre el riesgo de:
- simplificar en exceso
- ceder a la presión del algoritmo
- perder profundidad
Pero ignorar ese cambio no lo protege, lo vuelve irrelevante.
Hoy el periodista no solo transmite la realidad, decide desde qué ángulo el mundo será visto y en una era donde todo compite por atención, el periodista que no logra influir corre el riesgo de decir la verdad…en silencio.