No fue solo la lluvia lo que colapsó Santo Domingo. Fue también la forma en que se evaluó —y se comunicó— el riesgo.
Mientras la ciudad se preparaba para precipitaciones importantes, el Distrito Nacional se mantenía bajo alerta verde, un nivel que, en teoría, indica condiciones de bajo riesgo.
La realidad fue otra: Calles inundadas, tránsito paralizado, zonas completamente anegadas. Una desconexión evidente entre lo que se proyectó y lo que terminó ocurriendo y aquí es donde la discusión debe ser más seria.
Porque en un país tropical, donde los eventos climáticos extremos son cada vez más frecuentes, la clave no es solo predecir… es gestionar la incertidumbre.
Los sistemas meteorológicos pueden fallar. Las lluvias pueden intensificarse en cuestión de horas. Eso es parte de la naturaleza.
Lo que no puede fallar es la interpretación del riesgo, lo que no puede fallar es la toma de decisiones.
Y lo que definitivamente no puede fallar es la prudencia institucional. Cuando se subestima un evento, no solo se comete un error técnico. Se envía un mensaje equivocado a la población. Se reduce la percepción de peligro. Se debilita la capacidad de respuesta.
Y las consecuencias se ven en las calles. Este no es un debate menor. Es una discusión sobre cómo el Estado se anticipa —o no— a situaciones que pueden poner en riesgo vidas humanas.
Porque si algo quedó claro en las últimas horas, es que el problema no es únicamente cuánto llueve. Es cuánto estamos preparados para lo que viene.