El mapa de las libertades en las Américas se tiñe de rojo y gris con una frecuencia alarmante. Sin embargo, en medio de este invierno democrático que congela instituciones desde el Potomac hasta el Río de la Plata, la República Dominicana emerge como una excepción luminosa. El reciente informe de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) y su Índice Chapultepec no dejan lugar a dudas: somos el único país del continente en ostentar el color verde de la libertad plena.
Este hito, que nos sitúa por encima de potencias desarrolladas como Canadá y Estados Unidos —naciones que hoy lidian con sus propios demonios de restricción y estigmatización periodística—, no es un producto del azar ni una carambola del destino. Los niveles de libertad de prensa y expresión que hoy disfrutamos, incluso con sus naturales excesos, son la cosecha de una madurez política y social que el pueblo dominicano ha fraguado a fuego lento.
Nuestra sociedad no es ajena al dolor de la censura; hace décadas vivimos en carne propia el silencio impuesto que hoy asfixia a otras naciones de la región. Fue precisamente ese trauma histórico el que forjó la determinación innegociable de que el autoritarismo quedaría enterrado en el pasado. República Dominicana decidió, de una vez y para siempre, que defendería su derecho a la palabra a cualquier costo.
Hoy gozamos de una democracia robusta, pero no ingenua. Como cualquier cuerpo social vivo, nuestra democracia no está exenta de sobresaltos. Siempre habrá «gallos locos», nostálgicos del orden vertical o actores emergentes que, obnubilados por el poder, pretendan desandar el camino y retroceder el reloj de la historia. No obstante, la arquitectura institucional y la vigilancia ciudadana han demostrado ser más fuertes que cualquier tentación regresiva.
Este reconocimiento de la SIP es, en esencia, un tributo tripartito:
• A nuestra prensa: Que ha sabido evolucionar, cuestionar y mantenerse firme como el primer muro de contención ante los abusos.
• A nuestra sociedad: Que consume, exige y protege el pluralismo informativo.
• A los estamentos de poder: Que han entendido —algunos por convicción y otros por necesidad política— que el escrutinio público no es un obstáculo, sino un requisito de legitimidad.
Ocupar el primer lugar del podio continental trae consigo una responsabilidad histórica. No podemos permitirnos el lujo de la autocomplacencia. Ser el «faro de América» nos obliga a ser los guardianes más celosos de lo que hemos construido. En un mundo donde la verdad es asediada por algoritmos y demagogias, la República Dominicana debe seguir siendo el territorio donde la luz de la libre expresión nunca se apague.
Celebremos el hito, pero mantengamos la guardia en alto. La libertad se conquista cada mañana.