La guerra en Irán ha vuelto a tensionar los mercados internacionales y, con ello, a poner sobre la mesa una realidad que República Dominicana no puede ignorar: nuestra alta dependencia de los combustibles importados.
El presidente Luis Abinader habló al país con claridad. Explicó el impacto del conflicto en el estrecho de Ormuz, detalló las medidas adoptadas y, sobre todo, hizo algo que no siempre es común en la política: decir la verdad.
Habrá sacrificios, no como resultado de una mala gestión interna, sino como consecuencia de un choque externo que afecta a prácticamente todas las economías del mundo.
Pero también fue claro en otro punto: el Estado está asumiendo una parte importante del golpe. Subsidios millonarios, programas sociales reforzados y medidas para contener el precio de alimentos no son decisiones menores. Son acciones concretas para proteger a la población en un contexto complejo.
Ahora bien, el concepto de “responsabilidad compartida” no puede quedarse en el discurso.
Porque si hay un actor que históricamente ha tenido margen para hacer más —y muchas veces no lo ha hecho— es el empresariado.
En momentos como este, no basta con trasladar automáticamente el aumento de costos al consumidor final. Eso no es resiliencia, es inercia.
El sector privado dominicano tiene hoy la oportunidad —y la responsabilidad— de actuar con visión de país: revisar sus márgenes, optimizar procesos, apostar por eficiencia energética y evitar que cada variación internacional se convierta en un aumento inmediato en los precios locales.
No se trata de pedir sacrificios desproporcionados, sino de equilibrar la carga.
Porque cuando el Estado subsidia, cuando reorganiza su presupuesto y cuando asume costos para evitar un impacto mayor, lo mínimo esperable es que el resto de los actores económicos también hagan su parte.
De lo contrario, la llamada “responsabilidad compartida” termina siendo una carga desigual.
Este momento también deja una lección más profunda: la urgencia de avanzar hacia una economía menos dependiente del petróleo, más diversificada y más preparada para resistir estos choques externos.
La República Dominicana llega a esta coyuntura con fortalezas: estabilidad macroeconómica, reservas internacionales robustas y experiencia en el manejo de crisis. Pero esas fortalezas deben complementarse con decisiones responsables en todos los niveles.
El Gobierno ha trazado una ruta, ahora le corresponde al empresariado demostrar si está dispuesto a caminarla.
Porque en tiempos de presión global, el verdadero liderazgo no se mide solo en discursos… sino en quién está dispuesto a asumir su parte.
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