Por Abril Peña
La reciente sesión de fotos desnuda realizada por la artista Tokisha en la iglesia de San Sebastián ha desatado una nueva ola de indignación en República Dominicana. No es la primera vez. Tampoco es un hecho aislado en la industria cultural. Pero sí es un episodio que obliga a detenernos, no solo a reaccionar.
Porque el problema no es únicamente Tokisha, el problema es lo que este tipo de acciones revela sobre nosotros.
Durante décadas, la provocación ha sido una herramienta recurrente en el arte y el entretenimiento. La historia lo confirma. Desde Madona en los años 90 hasta múltiples expresiones contemporáneas, el uso de símbolos religiosos como recurso disruptivo ha servido para generar atención, romper esquemas y, sobre todo, posicionar figuras.
No es nuevo, lo que sí es distinto es el contexto actual: vivimos en una economía de la atención donde el escándalo no es un efecto secundario, sino una estrategia central.
Hoy, lo que incomoda se comparte, lo que indigna se viraliza y lo que rompe límites… se monetiza, sin embargo hay una línea que, aunque incómoda de definir, sigue existiendo: la del respeto.
Usted puede no creer. Puede cuestionar, criticar o incluso rechazar la religión. Eso forma parte de la libertad individual. Pero una sociedad funcional se sostiene también sobre el reconocimiento del espacio simbólico del otro.
Una iglesia, para millones de personas, no es un simple edificio. Es un lugar sagrado y utilizar ese espacio para una puesta en escena sexualizada no es un acto neutro. Es una intervención deliberada en un terreno que se sabe sensible.
Aquí no se trata de censura, se trata de convivencia, porque la libertad de expresión no es sinónimo de ausencia de límites, sino de responsabilidad en su ejercicio.
Hay, además, un elemento que incomoda aún más: la selectividad de la provocación, difícilmente veríamos una acción similar en una mezquita o en otros espacios religiosos donde las consecuencias podrían ser distintas. Y eso plantea una pregunta legítima: ¿se desafía por convicción… o por conveniencia?
Cuando la irreverencia escoge cuidadosamente sus objetivos, deja de ser valentía y se convierte en cálculo, pero este caso también revela algo más profundo: el tipo de referentes que estamos construyendo.
Tokisha, más allá de su carrera musical, ha logrado insertarse en circuitos de alta moda internacional. Se ha convertido en una figura visible, influyente, replicada y eso no es menor.
Porque en la lógica actual, la visibilidad se ha convertido en validación no importa necesariamente el mensaje, ni el contenido, ni el trasfondo, importa el impacto, importa el ruido, importa que funcione y funciona.
Sería injusto ignorar que Tokisha también representa una historia de superación personal. Ha logrado posicionarse en un entorno altamente competitivo y ha tomado distancia de etapas difíciles de su vida. Eso merece ser reconocido.
Pero el reconocimiento no implica inmunidad frente a la crítica. Porque el éxito económico no siempre se traduce en ascenso cultural o simbólico.
Y cuando una figura alcanza proyección internacional, deja de representarse únicamente a sí misma. Se convierte —aunque no lo desee— en una referencia del país del que proviene.
Ahí es donde surge la tensión, porque Tokisha no representa a la mayoría de las mujeres dominicanas. No refleja sus valores, sus aspiraciones ni su cotidianidad.
Sin embargo, en el escenario global, esa distinción no siempre es evidente. Y eso también tiene consecuencias.
Al final, esta polémica trasciende a la artista, nos obliga a mirarnos como sociedad.
A preguntarnos qué consumimos, qué validamos y qué amplificamos. Porque existe una contradicción evidente: se critica con dureza, pero se comparte masivamente. Se condena en discurso, pero se impulsa en práctica.
Y mientras esa dinámica se mantenga, este tipo de contenidos no solo persistirá… sino que se fortalecerá.
No se trata de moralizar, se trata de entender que toda sociedad necesita puntos de referencia. Límites que no necesariamente son legales, pero sí culturales. Espacios donde la libertad convive con el respeto.
Porque cuando todo vale… nada tiene valor, la pregunta no es qué hizo Tokisha, la pregunta es qué estamos dispuestos a normalizar como sociedad.