Donald Trump nos ha dejado un recordatorio incómodo, pero necesario: la cuasi dependencia que América Latina —y particularmente República Dominicana— mantiene con Estados Unidos.
Dependencia económica, a través de las remesas? Dependencia comercial, reflejada en la balanza de intercambio. Dependencia estratégica, marcada por el peso militar y político de Washington en el hemisferio.
Nos guste o no, por cercanía geográfica, por historia y por intereses compartidos, estamos casi obligados a ser socios.
Pero ser socios no es lo mismo que ser muchachos de mandado.
Las relaciones internacionales, como cualquier relación entre naciones soberanas, requieren equilibrio. Y ese equilibrio implica algo que muchas veces olvidamos en el Caribe y en América Latina: saber establecer límites, incluso frente a los aliados.
Trump, con su estilo frontal y a veces poco diplomático, ha dejado ver algo que durante años se manejaba con mayor cuidado en Washington: la sensación de superioridad con la que Estados Unidos suele mirar al resto del hemisferio.
Aun así, paradójicamente, en algunos momentos su tono ha resultado más directo —y hasta más respetuoso— que el paternalismo diplomático que caracterizó a otras administraciones.
El desafío para países como República Dominicana no es romper esa relación, porque sería ingenuo pensar que podemos prescindir de ella.
El verdadero desafío es administrarla con inteligencia: defender nuestros intereses, fortalecer nuestra capacidad económica y negociar desde una posición de mayor dignidad.
Porque la geografía no se cambia, pero la forma en que un país se para frente al mundo, sí.