@abrilpenaabreu
El mundo se está armando a una velocidad que no tiene precedente desde la Segunda Guerra Mundial, el gasto militar global alcanzó en 2024 un récord de 2.44 billones de dólares, más de 50 conflictos armados se desarrollan simultáneamente en el planeta, la cifra más alta en décadas, y los expertos en seguridad internacional coinciden en algo que hace diez años habría sonado alarmista: el riesgo de una guerra de grandes dimensiones es real y la tendencia no es hacia la desescalada sino hacia todo lo contrario. Uno puede leer esas cifras como un problema de otros, de las grandes potencias con ejércitos y arsenales nucleares, y en cierta medida lo es, pero la pandemia y la guerra de Ucrania nos enseñaron algo que en República Dominicana todavía no hemos terminado de procesar: que en un mundo globalizado los conflictos que ocurren lejos golpean aquí igual, no con bombas sino con precios, con insumos que no llegan, con cadenas de suministro rotas y con una factura que siempre termina pagando el mismo, el ciudadano de a pie.
Y esta semana lo estamos viendo en tiempo real.
La guerra en Irán y las interrupciones en el Estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del petróleo mundial, empujaron el barril a 110 dólares, muy por encima de los 65 dólares sobre los que fue elaborado el presupuesto nacional de 2026. El propio presidente Abinader reconoció este domingo en cadena nacional algo que vale la pena repetir con todas sus letras: República Dominicana importa el 100% de sus combustibles. No el 80%, no el 90%, el 100%. Y esa confesión, dicha con serenidad y franqueza como corresponde a un jefe de Estado responsable, es también el mejor resumen de por qué esta crisis nos golpea con una intensidad que otros países no sienten de la misma manera.
El gobierno anunció medidas, RD$10,000 millones reasignados para programas sociales, congelación del GLP, ajustes graduales en los combustibles de entre 5.2% y 6.7%, y RD$1,000 millones para subsidiar fertilizantes y evitar que el alza internacional de los insumos agrícolas se traslade al precio de los alimentos. Esas medidas son necesarias y hay que reconocerlo, pero hay algo en ese último anuncio que merece una reflexión que va más allá de la coyuntura: si tenemos que subsidiar los fertilizantes para que los agricultores dominicanos puedan seguir produciendo, es porque esos fertilizantes los importamos, igual que el combustible, igual que las semillas, igual que los herbicidas y los insecticidas y las hormonas para la producción animal. La dependencia no es solo energética, es estructural, y se reproduce en cada eslabón de la cadena productiva.
República Dominicana produce alimentos, hay que decirlo con claridad antes de cualquier otra cosa, cubrimos más del 90% de nuestra canasta básica con producción nacional y durante la pandemia, cuando el mundo se paralizó, nuestros campos siguieron produciendo con relativa estabilidad, eso habla bien de nuestra vocación agrícola y del trabajo silencioso de miles de productores que este país rara vez reconoce como merece. Pero esa autosuficiencia tiene un defecto estructural que la pandemia expuso y que la guerra de Ucrania confirmó: producimos el producto final pero dependemos casi por completo de insumos que no controlamos, y cuando esos insumos se encarecen porque el mundo se incendia, lo sentimos aquí igual que en cualquier país que no produce nada.
Cuando llegó el COVID los fletes se dispararon, traer un contenedor desde China pasó de 2,500 dólares a más de 20,000, y ese costo lo pagamos todos en el supermercado aunque los campos dominicanos no hubieran parado ni un solo día. Cuando estalló la guerra de Ucrania los fertilizantes subieron un 270% y la cadena alimentaria completa se encareció aquí igual que en cualquier país importador neto, porque nuestra tierra necesita insumos que vienen de esos mismos mercados que la guerra distorsionó. Y hoy, con el petróleo a 110 dólares, el gobierno tiene que subsidiar tanto el combustible como los fertilizantes al mismo tiempo, porque ambos vienen de afuera y ambos reaccionan a la misma crisis. La autosuficiencia que celebramos tiene pies de barro.
Y mientras tanto seguimos ignorando lo que la naturaleza ya nos puso al lado. Somos una isla rodeada de mar, con una de las zonas marinas más ricas del Caribe, y el dominicano promedio consume apenas 7.9 kilogramos de pescado al año, por debajo del promedio regional, mientras importamos más del doble de lo que producimos en proteína marina, pagando en dólares lo que podríamos estar generando aquí, dándole trabajo a pescadores dominicanos y reduciendo la presión sobre una canasta básica que ya superó los RD$48,000 mensuales para una familia promedio. No hay cultura de consumo, dicen, como si la cultura fuera algo que cae del cielo y no algo que se construye cuando hay voluntad política de construirla.
Y si a todo eso le sumamos la electricidad, cara, inestable y dependiente en un 83% de combustibles fósiles importados, el cuadro se completa solo, porque la electricidad no es un lujo, es transversal a cualquier proceso productivo, desde el riego hasta la refrigeración, desde el procesamiento hasta la distribución, y en una crisis prolongada toda la cadena productiva se ve amenazada al mismo tiempo por el mismo flanco. El propio presidente reconoció este domingo que la diversificación energética con Punta Catalina y los contratos de gas y carbón permiten amortiguar algo del impacto, y eso hay que reconocerlo como un avance real, pero ni el gas ni el carbón los producimos, lo que significa que diversificamos las fuentes de importación sin resolver la dependencia de fondo.
La pregunta que nadie quiere hacerse en voz alta es qué pasa si la próxima crisis no dura semanas sino meses, o si escala más allá de lo que ningún presupuesto puede absorber. El Líbano no llegó al colapso alimentario porque no producía, llegó porque dependía del 80% de su trigo de Rusia y Ucrania, almacenaba apenas un mes de reservas, y cuando llegó la guerra no tuvo dónde agarrarse. Nosotros no somos el Líbano, pero la lógica de fondo es la misma, la de un país que confunde producir con ser resiliente sin entender que la resiliencia real exige controlar no solo el producto final sino la cadena completa que lo hace posible.
Entonces, ¿hacia dónde vamos?
La respuesta no es simple ni es barata pero existe y no requiere inventar nada que otros no hayan hecho antes. Lo primero es entender que la soberanía alimentaria real no empieza en el campo sino en los insumos, en desarrollar producción local de semillas adaptadas a nuestro clima, en apostar a fertilizantes orgánicos a partir de los desechos que ya generamos, en reducir progresivamente la dependencia de agroquímicos importados, y en ejecutar con visión estratégica los recursos que ya están disponibles, porque el BID y el BCIE tienen recursos comprometidos para transformar la agricultura dominicana, el dinero existe, lo que falta es la voluntad de usarlo para transformar y no solo para parchar. Lo segundo es apostar en serio a la proteína marina con política de Estado, con incentivos reales a la pesca artesanal e industrial, con infraestructura de frío que hoy no existe en la escala que se necesita y con campañas sostenidas de consumo que conviertan lo que tenemos al lado en parte de nuestra cultura alimentaria. Lo tercero, y quizás lo más urgente porque atraviesa todo lo demás, es resolver la ecuación energética, porque ninguna estrategia de autosuficiencia alimentaria funciona sobre una matriz eléctrica que depende del petróleo importado y que se cae cuando más se necesita.
Ninguna de esas cosas se resuelve en un período de gobierno, y ahí está precisamente el problema de fondo, porque en este país la visión termina donde termina el mandato y los problemas estructurales que requieren decisiones sostenidas durante décadas quedan siempre para después. El propio Abinader lo dijo esta tarde con una claridad que hay que aplaudir: esta coyuntura deja una lección importante sobre la necesidad de reducir la dependencia de los combustibles fósiles, acelerar la transición hacia energías renovables y construir una economía más resiliente. Tiene razón. Ahora falta que esa lección se convierta en política de Estado sostenida, no en declaración de momento de crisis.
Tenemos tierra fértil, mar rico y sol todo el año, no son postales de turismo, son activos estratégicos que en un mundo que se prepara para la guerra pueden ser la diferencia entre un país que resiste y uno que mendiga. La conversación que este país necesita tener no es si el gobierno está manejando bien la crisis de esta semana, es si alguien en esta clase política tiene la visión y el valor de plantear una estrategia de autosuficiencia real que trascienda los colores y los períodos.
Porque tenemos todo para no depender de nadie. Lo que nos falta es decidir que eso importa.
Excelente y brillante artículo. Cargado de objetividad, pragmatismo y patriotismo.
ME GUSTARÍA VERTE EN EL ESTADO, ERES UNA PERSONA MUY REFLEXIVA Y MUY OBJETIVA, OH ASPIRANDO A UNA CANDIDATURA AL CONGRESO, PARA COMENZAR.
ESPERO.