@abrilpeñaabreu
La reciente detención de Onguito Wa volvió a encender un debate que trasciende a una persona y a un caso específico, porque la discusión ya no es únicamente sobre un artista urbano, una pistola ocupada o un nuevo incidente policial. La discusión es sobre el mensaje que la sociedad dominicana está enviando a toda una generación.
¿Qué aprende un adolescente cuando observa que determinadas figuras públicas aparecen una y otra vez vinculadas a escándalos, conflictos con la ley, violencia, armas ilegales, accidentes de tránsito, agresiones o procesos judiciales y, aun así, continúan acumulando seguidores, contratos, reproducciones y fama?
La pregunta resulta incómoda, pero necesaria. Durante los últimos años, nombres como Onguito Wa, Rochy RD, Yailin La Más Viral, La Masha y otros exponentes urbanos han ocupado titulares por razones que van mucho más allá de su música. Cada caso tiene sus particularidades y corresponde a los tribunales determinar responsabilidades cuando las haya. Pero para la opinión pública, especialmente para los jóvenes, la percepción suele ser mucho más simple.
Lo que muchos observan no son los detalles jurídicos, lo que observan es el resultado. Observan millones de vistas. Observan conciertos llenos. Observan entrevistas. Observan vehículos de lujo. Observan reconocimiento social.
Y terminan concluyendo algo profundamente peligroso: que la fama reduce el costo de las malas decisiones.
Mientras tanto, la realidad del dominicano común es muy distinta. Un joven cualquiera difícilmente puede darse el lujo de portar un arma ilegal, verse involucrado en hechos violentos, acumular antecedentes o protagonizar incidentes recurrentes sin que eso afecte de manera significativa su futuro. Una sola ficha policial puede cerrar puertas laborales. Un error puede costar una carrera. Un proceso judicial puede convertirse en una condena social permanente.
Sin embargo, cuando se trata de ciertas celebridades, la percepción ciudadana es que las reglas cambiany las percepciones también tienen consecuencias.
Porque la justicia no solamente castiga, la justicia educa.
Cada decisión judicial envía un mensaje, cada reincidencia envía otro, cada caso que termina diluyéndose en el olvido colectivo envía uno más.
Por eso no debería sorprendernos que cada vez más jóvenes sueñen con convertirse en influencers, artistas virales o celebridades instantáneas. No porque la música sea un problema. No porque el entretenimiento sea negativo. Sino porque han comenzado a percibir que la notoriedad ofrece privilegios que el esfuerzo tradicional no garantiza.
Cuando un adolescente observa que quien estudia durante años para convertirse en médico, ingeniero o maestro enfrenta enormes dificultades para progresar, mientras quienes protagonizan escándalos continúan recibiendo atención, dinero y visibilidad, la escala de valores comienza a distorsionarse.
Y ahí radica el verdadero problema, no estamos hablando de música urbana, no estamos hablando de un género musical, esttamos hablando de incentivos sociales.
Estamos hablando de qué conductas premiamos y cuáles castigamos.
Estamos hablando de la responsabilidad que tienen los medios, las autoridades, la industria del entretenimiento y la propia sociedad en la construcción de referentes para las nuevas generaciones.
La inmensa mayoría de los artistas dominicanos son personas talentosas, trabajadoras y comprometidas con su carrera. Pero cuando las controversias generan más atención que el talento, terminamos creando una cultura donde el escándalo resulta más rentable que el esfuerzo.
Después nos preguntamos por qué algunos jóvenes creen que el camino más rápido hacia el éxito pasa por la provocación, la confrontación o la transgresión permanente.
La respuesta quizás está frente a nosotros. Porque cuando la fama parece pesar más que la responsabilidad, la justicia deja de ser percibida como igual para todos.
Y cuando una generación comienza a creer eso, el problema ya no es de los artistas, es de toda la sociedad.
Porque ningún país puede construir una cultura de responsabilidad si los privilegios de la notoriedad terminan siendo más visibles que las consecuencias de los actos.