Hemos perdido la capacidad de asombro y eso debería preocuparnos más que la violencia misma.
Los feminicidios ya no paralizan conversaciones, un niño mata a otro y la noticia dura apenas unas horas, nos agredimos por un parqueo, por un roce en el tránsito, por una mirada mal interpretada o por cualquier diferencia insignificante. La violencia se ha vuelto parte del paisaje cotidiano.
Pero el verdadero problema no es que estos hechos ocurran, el verdadero problema es que han dejado de sorprendernos.
Nos hemos acostumbrado, nos hemos desensibilizado, hemos aprendido a convivir con el horror como si fuera algo normal, como si fuera el precio inevitable de vivir en sociedad.
Y cuando una sociedad deja de asombrarse ante la tragedia, comienza a perder la capacidad de reaccionar frente a ella.
Porque aquello que se normaliza deja de generar indignación, lo que no indigna no moviliza. Y lo que no moviliza tampoco produce cambios.
Cada feminicidio que vemos como una estadística más, cada acto de violencia que consideramos un hecho aislado, cada agresión que justificamos porque “siempre ha sido así”, nos acerca peligrosamente a la indiferencia colectiva.
Una sociedad que normaliza la violencia termina viendo los conflictos sociales como problemas ajenos. Como asuntos de otros, como historias que ocurren en otra casa, en otro barrio, en otra familia.
Y cuando dejamos de sentir que esos problemas también son nuestros, dejamos de exigir soluciones. Lo peligroso no es solo la violencia. Lo peligroso es la resignación.
Porque una ciudadanía que no exige justicia, educación, prevención, salud mental y políticas públicas efectivas, es una ciudadanía que renuncia a transformar su realidad.
Y cuando una sociedad deja de exigir, ya ha empezado a perder la batalla. La capacidad de asombro no es debilidad. Es una señal de que todavía conservamos nuestra humanidad. El día que nada nos conmueva, nada nos indigne y nada nos duela, habremos aceptado como normal aquello que nunca debió serlo.