@abrilpenaabreu
Es casi enternecedor el esfuerzo de algunos por querer convencernos de que la realidad no es la que vivimos. Decimos “enternecedor” para no decir descarado. Escuchar a Marranzini afirmar que en República Dominicana no hay apagones, sino “sobrecargas”, no cambia absolutamente nada para quien pasa horas sin electricidad.
Porque la sobrecarga podrá ser la causa técnica, pero el resultado para la población es exactamente el mismo: se va la luz. Al comerciante se le dañan los productos, al estudiante se le interrumpe la tarea, al paciente se le apagan los equipos, al ama de casa se le paraliza el día. El nombre del problema no modifica sus consecuencias.
¿De verdad alguien cree que los ciudadanos no entienden la diferencia entre una explicación técnica y una realidad cotidiana? Es cierto que muchas veces se habla de deficiencias en comprensión lectora y pensamiento crítico en el país. Pero una cosa es reconocer esas debilidades y otra muy distinta asumir que la población es incapaz de identificar cuando intentan suavizar un problema cambiándole el nombre.
La gente no está pidiendo un ejercicio semántico. La gente no quiere que le expliquen por qué se quedó sin luz; quiere que no se quede sin ella.
Después de más de dos décadas escuchando diagnósticos, presentaciones, planes y promesas sobre el sistema eléctrico, los dominicanos esperan algo mucho más simple: resultados. Porque llega un momento en que las explicaciones dejan de generar confianza y empiezan a sonar a excusas.
Nadie discute que un sistema eléctrico es complejo, que la demanda aumenta, que existen pérdidas, inversiones pendientes y retos históricos. Todo eso es cierto. Pero precisamente para resolver esos problemas existen las autoridades y los administradores del sistema.
Al final, la ciudadanía no evalúa un servicio por el lenguaje técnico que utilizan sus responsables. Lo evalúa por una pregunta muy sencilla: ¿hay luz o no la hay?
Mientras la respuesta siga siendo que miles de familias pasan horas sin electricidad, discutir si fueron apagones o sobrecargas es quedarse en las palabras mientras el problema sigue encendido.
En la gestión pública hay un principio que nunca pasa de moda: las explicaciones pueden ser necesarias, pero jamás sustituyen a los resultados. Y cuando la paciencia de la gente empieza a agotarse, ya no hacen falta más discursos; hacen falta soluciones. Porque el país no necesita mejores argumentos para justificar los apagones. Necesita menos apagones, se llamen como se llamen.