@abrilpeñaabreu
Cada cierto tiempo conocemos una nueva estadística sobre embarazo adolescente y, como sociedad, reaccionamos con preocupación durante unos días. Se habla de educación sexual, de responsabilidad individual o de campañas de prevención. Sin embargo, rara vez nos detenemos a analizar qué hay detrás de esas cifras.
Los resultados más recientes de la ENHOGAR nos obligan a hacerlo.
Que el 12.2 % de las mujeres dominicanas haya iniciado su vida sexual antes de los 15 años y que el 15.9 % de las mujeres entre 20 y 24 años haya tenido un hijo antes de cumplir los 18 no son simples porcentajes. Son indicadores de una realidad social mucho más profunda. Son la manifestación visible de un problema estructural que comienza mucho antes del embarazo.
Porque el embarazo adolescente no nace de la nada, la propia evidencia estadística muestra que las adolescentes pertenecientes al quintil de menores ingresos tienen más de cinco veces la probabilidad de convertirse en madres que aquellas que pertenecen al quintil de mayores ingresos. No hablamos de una diferencia marginal. Hablamos de un abismo social.
Cuando una niña nace en un hogar vulnerable, sus probabilidades de abandonar la escuela, vivir una unión temprana, iniciar su vida sexual a menor edad y enfrentar un embarazo precoz aumentan considerablemente. No porque esté predestinada a ello, sino porque las oportunidades que la rodean son profundamente desiguales.
Y ahí está el verdadero debate, durante años hemos tratado el embarazo adolescente como si fuera exclusivamente un problema de salud pública o de conducta individual. Pero los datos sugieren otra cosa: el embarazo adolescente es, en gran medida, un indicador de pobreza.
La secuencia suele repetirse casi de forma mecánica, la pobreza limita el acceso a una educación de calidad. La baja escolaridad reduce las oportunidades de desarrollo. La vulnerabilidad incrementa la posibilidad de iniciar relaciones tempranas, muchas veces con hombres significativamente mayores. Luego llega el embarazo. Después, el abandono escolar. Más tarde, empleos informales o de bajos ingresos. Finalmente, hijos que vuelven a crecer en condiciones similares y así la pobreza se hereda.
Por eso resulta preocupante que muchas de las políticas públicas se concentren únicamente en atender el momento del embarazo, cuando el problema comenzó muchos años antes.
No basta con distribuir métodos anticonceptivos o impartir charlas ocasionales en las escuelas. Tampoco basta con campañas publicitarias que desaparecen cuando termina el presupuesto anual.
Si realmente queremos reducir estas cifras, debemos intervenir donde se origina el problema.
Hay que garantizar permanencia escolar, fortalecer la educación inicial, ampliar las oportunidades de formación técnica, crear espacios seguros para niñas y adolescentes, ofrecer acompañamiento psicológico, fortalecer las familias y generar oportunidades económicas en las comunidades más vulnerables.
Porque una adolescente que tiene un proyecto de vida sólido difícilmente verá la maternidad temprana como su única posibilidad de realización.
También debemos atrevernos a abordar una conversación incómoda: muchas de estas adolescentes no mantienen relaciones con jóvenes de su misma edad. En numerosos casos existen diferencias importantes de edad que reflejan relaciones profundamente desiguales de poder. Esa realidad merece mayor atención por parte de las autoridades, de las familias y de la sociedad.
El embarazo adolescente no es únicamente un asunto privado , tiene consecuencias económicas para el país.
Cada joven que abandona la escuela representa menor productividad futura, menores ingresos tributarios, mayor dependencia de programas sociales y mayores probabilidades de que la pobreza continúe reproduciéndose de generación en generación.
Combatir el embarazo adolescente no es solo proteger a una niña. Es invertir en el desarrollo económico, la competitividad y el futuro de la República Dominicana.
Quizás ha llegado el momento de cambiar la pregunta, en lugar de preguntarnos únicamente cómo reducimos el embarazo adolescente, deberíamos preguntarnos por qué una niña dominicana tiene hasta cinco veces más probabilidades de convertirse en madre simplemente por haber nacido en un hogar pobre.
Porque mientras esa respuesta siga siendo la pobreza, seguiremos atacando el síntoma sin resolver la enfermedad y ninguna sociedad rompe el ciclo de la pobreza ignorando las condiciones que la producen.