@abrilpenaabreu
Durante años hablamos del tránsito como si fuera únicamente un problema de paciencia, en realidad, es un problema económico. Cada minuto que un camión, una ambulancia, un autobús o un ciudadano permanece atrapado en un tapón representa dinero perdido, combustible desperdiciado y productividad que nunca se recupera.
Por eso la inauguración del túnel de la Plaza de la Bandera merece analizarse más allá de la fotografía del corte de cinta.
Esta obra no solo busca agilizar la circulación en uno de los puntos más congestionados del Gran Santo Domingo. También fortalece la conexión entre el Distrito Nacional, Santo Domingo Oeste y las provincias del Sur, un corredor por el que diariamente llegan alimentos, mercancías, materiales de construcción y miles de trabajadores.
Cuando el tránsito mejora, también mejora la economía.
Un productor agrícola que tarda menos en llegar a los mercados reduce costos, un camión que consume menos combustible abarata la logística, un comercio que recibe mercancía a tiempo trabaja con mayor eficiencia, un empleado que pasa menos tiempo en un tapón gana horas que puede dedicar a su familia, al descanso o incluso a producir más.
Ese es el verdadero valor de una infraestructura bien planificada.
También existe un impacto en la salud que pocas veces se menciona, menos tiempo dentro de un vehículo significa menor exposición a la contaminación, menos estrés y una reducción del desgaste físico y mental que produce pasar horas en el tránsito. Incluso las ambulancias y los vehículos de emergencia pueden responder con mayor rapidez cuando existen corredores más fluidos.
Pero tampoco debemos caer en el triunfalismo. Ningún túnel resolverá por sí solo los problemas de movilidad de Santo Domingo. Las grandes ciudades han demostrado que las obras viales funcionan mucho mejor cuando se complementan con un transporte público eficiente, una adecuada sincronización de semáforos, educación vial y una planificación urbana que piense en peatones, motoristas, ciclistas y conductores por igual.
La infraestructura es una pieza del rompecabezas, no el rompecabezas completo.
Ahora bien, si esta obra logra reducir de manera sostenida los tiempos de desplazamiento, estaremos frente a una inversión que se pagará todos los días. No porque el Estado recupere el dinero directamente, sino porque la economía nacional comenzará a recuperar algo igual de valioso: tiempo.
Y el tiempo, en cualquier economía moderna, también es riqueza.
Ojalá esta inauguración marque el inicio de una nueva etapa en la planificación de nuestras ciudades. Una etapa en la que las obras públicas dejen de medirse únicamente por los metros de concreto construidos y comiencen a evaluarse por el impacto que tienen sobre la productividad, el comercio, la calidad de vida y el desarrollo.
Porque al final, una buena infraestructura no se limita a conectar avenidas, conecta oportunidades.