@abrilpenaabreu
La suspensión temporal de las exportaciones de mango dominicano hacia Estados Unidos no es simplemente una mala noticia para los productores. Es una llamada de atención para todo el país.
No porque el mango sea nuestro principal producto de exportación agrícola, sino porque este episodio parece formar parte de un patrón que se repite con demasiada frecuencia.
Primero fue la Peste Porcina Africana, que cerró importantes mercados para la carne de cerdo dominicana. Ahora llega el mango, luego de que las autoridades estadounidenses concluyeran que República Dominicana incumplía requisitos fitosanitarios que habían sido observados durante años.
Y entre ambos casos existe un largo historial de embarques rechazados, alertas sanitarias y observaciones sobre distintos productos nacionales.
Bananos devueltos por problemas de calidad, orégano rechazado por residuos de plaguicidas, ajíes y pimientos observados por exceder límites permitidos, aguacates con incumplimientos fitosanitarios, productos pesqueros bajo alertas sanitarias y empresas dominicanas incluidas en listas de vigilancia de organismos internacionales.
Es cierto que una cosa es el rechazo de un embarque y otra muy distinta el cierre completo de un mercado. No debemos exagerar la realidad.
Pero también es cierto que casi todos los cierres importantes comienzan exactamente igual: con pequeñas advertencias que nadie atiende hasta que se convierten en un problema mayor.
En el caso del mango, Estados Unidos había realizado observaciones desde 2023 sobre el programa de vigilancia de la mosca de la fruta. La suspensión no apareció de la noche a la mañana. Fue el desenlace de un proceso en el que, según las propias autoridades, existían aspectos pendientes por corregir.
Ese es el verdadero problema, en República Dominicana solemos reaccionar cuando ya perdimos el mercado, cuando los productores están haciendo filas para reclamar o cuando los titulares internacionales afectan la imagen del país.
Rara vez actuamos con la misma urgencia cuando llegan las primeras advertencias y en comercio internacional la reputación vale tanto como la calidad del producto.
Un comprador internacional necesita confiar en que el sistema sanitario de un país funciona de manera consistente. Cuando esa confianza comienza a deteriorarse, recuperar la credibilidad cuesta mucho más que conservarla.
Afortunadamente, en el caso del mango el impacto económico inmediato parece ser limitado porque la mayor parte de la cosecha destinada a Estados Unidos ya había sido exportada antes de la suspensión. Sin embargo, eso no convierte el problema en menor.
La verdadera pérdida puede ser otra, cada alerta internacional deteriora la imagen de República Dominicana como proveedor confiable. Cada incumplimiento obliga a mayores inspecciones, incrementa costos, retrasa envíos y hace que otros países competidores ocupen espacios que luego son difíciles de recuperar.
Mientras Ecuador, Costa Rica, Perú o Colombia invierten para fortalecer sus sistemas de trazabilidad, inocuidad y vigilancia fitosanitaria, nosotros seguimos reaccionando después de que aparecen las sanciones.
No podemos permitir que la historia vuelva a repetirse, proteger los mercados internacionales no es únicamente responsabilidad del productor. También lo es del Estado, que debe garantizar programas de vigilancia modernos, inspecciones eficientes, laboratorios confiables y respuestas rápidas cuando los socios comerciales hacen observaciones.
Porque un mercado internacional no se pierde el día en que anuncian una suspensión, se empieza a perder mucho antes, cuando las advertencias se acumulan y nadie las convierte en prioridad.
Hoy fue el mango, antes fue el cerdo. La pregunta que deberíamos hacernos no es cuál será el próximo producto y cuándo decidiremos corregir el problema antes de que vuelva a convertirse en una nueva crisis.