@abrilpenaabreu
Cada vez que se presentan estadísticas sobre seguridad ciudadana, el dato estrella suele ser el mismo: la reducción de homicidios. Gobiernos de todos los colores políticos, aquí y fuera del país, utilizan esta cifra como una prueba tangible de que las cosas van mejor y ciertamente, menos muertes violentas siempre es una buena noticia. Nadie sensato podría minimizar el valor de salvar vidas.
Sin embargo, hay una pregunta que merece hacerse con serenidad y sin estridencias: ¿reducir homicidios significa automáticamente que la población se siente más segura? La respuesta es más compleja de lo que muchas veces se presenta en los discursos oficiales.
El homicidio es, probablemente, el indicador criminal más fácil de medir. Un asesinato deja un expediente, un levantamiento forense, una investigación, una estadística difícil de ocultar. Por eso, organismos internacionales y gobiernos suelen utilizarlo como una referencia para comparar niveles de violencia entre países.
Pero la seguridad ciudadana no se reduce únicamente a la cantidad de personas asesinadas. La vida cotidiana de la gente común está marcada por otro tipo de delitos que pocas veces aparecen con la misma fuerza en las ruedas de prensa: atracos, robos, violencia barrial, estafas, delincuencia juvenil, asaltos en motocicleta, robos de celulares, invasiones de propiedad, amenazas o situaciones de intimidación en sectores residenciales y comerciales.
Y ahí aparece un fenómeno que muchas veces genera desconexión entre el discurso oficial y la percepción de la población.
Una persona puede escuchar que los homicidios bajaron mientras, al mismo tiempo, siente que vive con más miedo. No porque esté manipulada ni porque ignore los datos, sino porque su experiencia diaria le dice otra cosa: evita salir de noche, mira dos veces antes de desmontarse del vehículo, evita sacar el teléfono en la calle o se preocupa cuando sus hijos regresan solos a casa.
Eso no significa necesariamente que las estadísticas oficiales estén equivocadas. Significa que la seguridad tiene varias dimensiones.
Los especialistas suelen diferenciar tres conceptos que pocas veces se explican claramente al ciudadano:
Tasa de homicidios: mide cuántas personas mueren violentamente.
Victimización: mide cuántas personas han sido víctimas de delitos, aunque no hayan muerto ni resultado gravemente heridas. Percepción de inseguridad: mide cuánto miedo siente la población o qué tan vulnerable se considera frente al crimen.
Y este último indicador importa más de lo que muchos creen, porque influye directamente en la calidad de vida, el comercio, el turismo, la convivencia social y hasta en la salud mental colectiva.
Un país puede reducir homicidios y, aun así, tener una ciudadanía agotada por la delincuencia cotidiana.
También hay otro elemento poco discutido: el subregistro. En muchos países, incluyendo República Dominicana, gran parte de los delitos menores no se denuncia. Algunos ciudadanos consideran una pérdida de tiempo acudir a una fiscalía o destacamento; otros creen que no ocurrirá nada, y muchos simplemente prefieren evitarse el proceso.
Cuando eso sucede, la métrica más sólida termina siendo la de homicidios, porque es la más difícil de invisibilizar estadísticamente. Pero el riesgo está en convertirla en el único termómetro de la seguridad nacional.
La discusión no debería ser si reducir homicidios es importante. Claro que lo es. La verdadera conversación debería centrarse en si la estrategia de seguridad también está impactando aquello que más afecta a la gente de a pie: la tranquilidad de poder vivir sin miedo.
Porque al final, la ciudadanía no evalúa la seguridad únicamente por los informes técnicos. La evalúa en cosas simples y profundamente humanas: si puede caminar tranquila, si puede abrir su negocio sin temor, si puede dejar que un hijo llegue solo del colegio o si puede dormir sin la angustia de que entren a su casa.
Reducir homicidios es una meta necesaria. Pero la verdadera sensación de seguridad se construye cuando la población siente, en su día a día, que vivir tranquilo vuelve a ser posible.