@abrilpeñaabreu
Cuando la gente siente que el futuro no alcanza, la migración deja de ser una opción y se convierte en una salida
Durante años en América Latina se habló de migración como si fuera únicamente un problema fronterizo. Como si todo se redujera a visas, muros, deportaciones o controles migratorios. Pero el más reciente informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el PNUD, plantea algo mucho más incómodo y profundo: la migración masiva es, en gran parte, un síntoma de sociedades donde demasiada gente dejó de creer que puede progresar quedándose.
Y esa frase debería hacernos pensar.
Porque muchas veces los países celebran cifras macroeconómicas mientras millones de personas sienten exactamente lo contrario en su vida cotidiana. El crecimiento existe en los informes, pero no siempre en los bolsillos. La modernización existe en las ciudades, pero no necesariamente en las oportunidades reales de movilidad social.
Ahí es donde comienza la fractura.
El informe del PNUD advierte que América Latina atraviesa una desaceleración del desarrollo humano acompañada de una creciente sensación de vulnerabilidad. Es decir, personas que quizá ya no viven en pobreza extrema, pero que tampoco sienten estabilidad. Gente que sabe que una enfermedad, una pérdida de empleo, una crisis económica o incluso la inflación puede devolverlos rápidamente al punto de partida.
Y cuando una sociedad vive permanentemente al borde de la incertidumbre, la migración empieza a verse menos como un sueño y más como una vía de escape.
República Dominicana no está aislada de esa realidad, de hecho, vivimos una contradicción muy particular, somos un país que ha mostrado crecimiento económico sostenido, estabilidad relativa y avances importantes frente a buena parte de la región. Pero al mismo tiempo seguimos viendo cómo miles de dominicanos sueñan con irse, mientras nuestra economía depende en sectores completos de mano de obra extranjera.
Eso revela algo importante: el fenómeno migratorio no se explica únicamente por pobreza extrema. También se explica por percepción de futuro.
La gente no emigra solamente porque tiene hambre. Muchas veces emigra porque siente que el esfuerzo no garantiza progreso, porque percibe desigualdad, porque siente agotamiento social o porque simplemente cree que en otro lugar tendrá más oportunidades de crecer y esa es una señal delicada para cualquier democracia.
El PNUD también advierte sobre otro elemento clave: la migración moderna ya no responde solo a razones económicas. Cada vez más personas migran por violencia, inseguridad, colapso institucional y deterioro social. En algunos países de la región, comunidades enteras viven bajo presión de pandillas, crimen organizado o ausencia del Estado.
Y frente a todo eso, el gran riesgo es caer en discursos simplistas.
Porque cuando una sociedad comienza a frustrarse económicamente, la migración se convierte rápidamente en tema político, emocional y electoral, ahí aparecen los extremos, la xenofobia por un lado, la negación irresponsable por el otro.
Pero ningún país serio puede manejar un tema tan delicado desde la histeria o desde el populismo.
La República Dominicana necesita control migratorio, sí. Necesita orden, regulación y capacidad institucional. Pero también necesita entender que la migración es un fenómeno profundamente conectado con desigualdad, desarrollo humano, estabilidad regional y percepción de oportunidades.
Y quizá la frase más importante del informe del PNUD es una que casi pasa desapercibida: los países ya no pueden pensar solo en crecer, tienen que pensar en resistir.
Resistir crisis, resistir desigualdad, resistir violencia y resistir incertidumbre.
Porque cuando demasiada gente siente que el futuro no alcanza, las fronteras dejan de contener personas. Y comienzan a expulsarlas.