@abrilpenaabreu
Después de cada feminicidio, aparece un tribunal paralelo en redes sociales. No investiga al agresor: investiga a la víctima. Qué ropa usaba, con quién salía, si aceptaba regalos, si estaba con un hombre por dinero, si “era seria” o no. Como si una mala decisión sentimental, una relación tóxica o incluso el interés económico fueran un delito castigable con la muerte.
Y ahí es donde los datos desmontan el prejuicio.
En República Dominicana, las mujeres no son un grupo pasivo esperando quien las mantenga. Son mayoría en las universidades: cerca de dos de cada tres estudiantes universitarios son mujeres, representando alrededor del 66% de la matrícula universitaria nacional. Es decir, hoy las dominicanas estudian más que los hombres y se gradúan en mayor proporción.
No solo eso. Diversos estudios oficiales muestran que las mujeres ocupadas en República Dominicana tienen, en promedio, mayor nivel educativo que los hombres, y una inserción creciente en el trabajo formal. La realidad es mucho más compleja que el estereotipo de la mujer dependiente.
Y hay un dato todavía más incómodo para quienes insisten en la narrativa de las “mantenidas”: casi la mitad de los hogares dominicanos están encabezados por mujeres. La propia Oficina Nacional de Estadística ha señalado que alrededor del 49% de los hogares dominicanos tienen jefatura femenina, es decir, mujeres que pagan alquiler, comida, colegio, energía, transporte y sostienen económicamente a sus familias.
Muchas de esas mujeres crían solas. Otras fueron abandonadas. Algunas enviudaron. Otras simplemente asumieron el rol porque alguien tenía que hacerlo. Son madres, profesionales, emprendedoras, maestras, médicas, comunicadoras, empleadas, comerciantes.
¿Que existen mujeres interesadas? Claro que sí. Igual que existen hombres interesados, manipuladores o violentos. ¿Que hay relaciones construidas alrededor del dinero? También. Pero una cosa no tiene absolutamente nada que ver con la otra.
Porque aquí hay una pregunta incómoda que como sociedad tenemos que hacernos: aunque una mujer fuera interesada, infiel, complicada o tomara malas decisiones sentimentales, desde cuándo eso se convirtió en una sentencia de muerte?
Lo preocupante es que después de cada feminicidio pareciera activarse un mecanismo perverso: el agresor mata una vez y las redes intentan matar la reputación de la víctima una segunda vez.
Y eso tiene consecuencias.
Porque cuando normalizamos frases como “algo habrá hecho”, “por dinero estaba ahí” o “ellas se buscan eso”, estamos enviando un mensaje peligrosísimo: que hay mujeres cuya vida vale menos dependiendo de sus decisiones personales.
No. Una mujer puede equivocarse de pareja. Puede enamorarse mal. Puede interesarse por estabilidad económica. Puede quedarse, irse o volver. Puede incluso cometer errores enormes. Nada de eso convierte a nadie en blanco legítimo de violencia.
El feminicidio no nace de una cartera cara, de una relación tóxica o de un regalo. Nace de algo mucho más profundo: control, obsesión, incapacidad de aceptar un “no”, machismo, impunidad y una cultura que todavía, demasiado a menudo, busca excusas para el agresor mientras examina la moral de la víctima.
Y mientras discutimos si ella “era un cuero” o no, seguimos enterrando mujeres. Porque la culpa no mata, el agresor sí.