@abrilpenaabreu
Lo más grave de la muerte del joven de Herrera a manos de miembros de la Policía Nacional no fue únicamente el disparo que terminó con su vida. También fue la aparente indiferencia que mostró toda la unidad que lo acompañaba.
Las imágenes conocidas hasta el momento dejan una pregunta profundamente inquietante: ¿cómo es posible que, tras un hecho de esa magnitud, ninguno de los presentes mostrara la reacción humana más elemental de intentar verificar el estado de la víctima o prestarle auxilio inmediato?
Esa frialdad obliga a formular preguntas que una investigación seria debe responder. ¿Era evidente que había fallecido en el acto o existía alguna posibilidad de salvarle la vida? Hoy no lo sabemos. Y precisamente porque no lo sabemos, resulta indispensable determinar si se actuó conforme a los protocolos de preservación de la vida o si hubo omisiones que también deben generar responsabilidades.
La investigación tampoco puede detenerse en quien accionó el arma. Debe alcanzar a toda la unidad que estuvo presente. No porque todos hayan disparado, sino porque todos tenían obligaciones legales y éticas. Si alguno omitió asistir a la víctima, si toleró una actuación irregular o incumplió los protocolos, esas conductas también deben ser esclarecidas.
Pero hay otra pregunta igual de importante: ¿por qué el agente seguía portando un arma de reglamento y desempeñando funciones operativas si, según se ha informado públicamente, acumulaba antecedentes disciplinarios y suspensiones? ¿Cuáles fueron exactamente esas sanciones? ¿Quién evaluó que estaba en condiciones de reincorporarse? ¿Quién autorizó que continuara patrullando e interactuando con ciudadanos?
Las responsabilidades institucionales no terminan cuando se identifica al autor material. También deben examinarse las decisiones administrativas que permitieron que una persona con ese historial permaneciera en servicio.
Y queda una última reflexión que debería inquietarnos como sociedad: este caso salió a la luz porque había cámaras. ¿Qué habría ocurrido si ese día nadie hubiera grabado? ¿La versión habría sido la misma? ¿Habríamos conocido todos los detalles? Son preguntas incómodas, pero necesarias.
Si la reforma policial pretende recuperar la confianza ciudadana, no basta con procesar al responsable directo. También hay que revisar la cultura institucional que permite que algunos agentes presencien una tragedia sin reaccionar, los mecanismos de supervisión que fallaron antes del hecho y la cadena de mando que tomó decisiones sobre ese personal.
Porque cuando la indiferencia parece convertirse en rutina, el problema deja de ser individual y pasa a ser institucional.