@abeilpenaavreu
Mayo terminó…asaron las flores, los almuerzos familiares, las publicaciones emotivas, las promociones comerciales y las fotografías de madres sonrientes rodeadas de abrazos, y como cada año República Dominicana celebró a las madres con la intensidad emocional que caracteriza a este país cuando decide sentir algo en colectivo. Está bien. Las madres merecen ser celebradas. Pero junio llega, la emoción baja, las redes cambian de tema y queda una pregunta que nadie hace cuando todavía hay flores sobre la mesa: ¿qué ocurre con las madres dominicanas cuando termina la celebración?
Porque detrás de la imagen romántica de la maternidad hay una realidad mucho más compleja, muchas veces agotadora y profundamente desigual, que no se resuelve con un ramo de flores ni con una publicación emotiva, y que los números describen con una precisión que ningún discurso puede suavizar. En 2025 República Dominicana registró 123,759 nacimientos, la cifra más baja de los últimos años, reflejando una reducción sostenida de la natalidad que habla de mujeres que cada vez postergan más la maternidad o deciden no tenerla, no necesariamente porque no quieran sino porque las condiciones para criarlos no siempre acompañan el deseo. Y sin embargo reducir nacimientos no significa reducir dificultades, porque las cargas que enfrentan las madres dominicanas no desaparecen con los datos demográficos.
Una realidad que los números siguen describiendo con una crudeza que incomoda es la del embarazo adolescente, que en 2025 sumó 16,481 casos, equivalentes a casi uno de cada cinco embarazos del país, con 826 ocurridos en niñas menores de 15 años, niñas que dejaron de vivir una adolescencia normal para asumir una maternidad que en la mayoría de los casos llegó sin planificación, sin respaldo económico y sin las herramientas emocionales que nadie les dio a tiempo, cuyos estudios quedaron interrumpidos y cuyos sueños quedaron postergados en un país que lleva décadas sabiendo que ese es el problema y llevando décadas sin resolverlo de raíz.
Pero no son solo las adolescentes. También están las madres trabajadoras que salen antes del amanecer y regresan agotadas a realizar una segunda jornada silenciosa dentro del hogar, las que hacen malabares para pagar colegio, comida, transporte, medicamentos y alquiler con sueldos que en este país son de los más bajos del continente, las que cuidan solas, resuelven solas y muchas veces lloran solas, y las que sostienen económicamente a sus familias sin que nadie lo cuente en ninguna estadística de productividad nacional. En 2025, el 85.6% de los nacimientos registrados correspondieron a madres solteras, una cifra que habla de transformaciones familiares profundas pero también de una maternidad que sigue recayendo de manera desproporcionada sobre las mujeres en un país donde la corresponsabilidad paterna todavía es más excepción que regla.
Sería injusto ignorar avances, porque los hay, la reducción de pobreza, algunos programas sociales y los esfuerzos institucionales en salud han generado mejoras reales, y cada vez hay más padres involucrados activamente en la crianza, y eso hay que reconocerlo. Pero la deuda social con las madres dominicanas sigue siendo enorme, y el verdadero problema no es que las celebremos un día sino pensar que un ramo de flores sustituye corresponsabilidad, estabilidad económica, horarios laborales humanos, acceso a salud mental, políticas de cuidado real o una cultura donde criar hijos deje de ser una responsabilidad casi exclusiva de las mujeres.
El mejor homenaje a las madres no es el regalo del último domingo de mayo. Es construir un país donde ser madre no implique agotamiento permanente, miedo económico ni renunciar constantemente a los propios sueños. Porque si realmente admiramos a nuestras madres, la pregunta no es cuánto las celebramos un día al año.
La pregunta es cuánto las estamos acompañando el resto del año.