Si hay un sector que históricamente ha vivido en tierra de nadie en República Dominicana, ese ha sido la clase media.
No es lo suficientemente pobre para recibir subsidios. Tampoco lo suficientemente rica para absorber sin problemas cada crisis, cada inflación, cada aumento y cada nueva carga económica.
La clase media dominicana —esa que madruga, trabaja, emprende, paga colegio, combustible, seguro médico y préstamos— suele ser la gran olvidada de las políticas públicas.
Y también, muchas veces, la gran sacrificada, por eso, cuando se anunció el nuevo Plan Anti-Crisis, era lógico que muchos reaccionaran con cautela. La memoria colectiva todavía recuerda debates fiscales donde el temor principal era siempre el mismo: “otra vez nos tocará pagar a los mismos”.
Sin embargo, al revisar las medidas con serenidad, hay algo que llama la atención: por primera vez en mucho tiempo, la clase media no parece ser el blanco principal del ajuste.
Y eso merece ser dicho. Porque si bien nadie celebra nuevos impuestos, tampoco sería justo ignorar que este paquete incluye medidas que, directa o indirectamente, benefician precisamente a quienes sostienen buena parte de la economía dominicana.
La indexación del mínimo exento del ISR en un 15% puede parecer un tecnicismo tributario, pero en realidad significa algo mucho más simple: permitir que los salarios respiren un poco más en medio del aumento del costo de vida.
El incremento en la deducción de gastos educativos también toca una fibra profundamente dominicana. Porque pocas cosas sacrifican más las familias de clase media que la educación de sus hijos. Muchos padres dejan de comprar para ellos, se endeudan o trabajan más horas para sostener un colegio, clases extracurriculares o terapias especializadas.
Y sí, el hecho de que no se tocaran las compras por internet también importa más de lo que algunos quieren admitir. Para muchas familias dominicanas, comprar fuera ya no es lujo: es una manera de ahorrar ante precios locales que muchas veces resultan imposibles.
Pero hay otro elemento que merece una conversación más profunda: las PYMES. Porque hablar de clase media en República Dominicana es también hablar de pequeños negocios.
El dueño de un salón, una farmacia pequeña, una oficina de servicios, un colmado, un taller, un consultorio, una tienda o un emprendimiento digital no necesariamente es “rico”. Muchas veces forma parte de esa misma clase media que trabaja largas jornadas para sostener una familia y mantener empleados.
Por eso, medidas como la eliminación del anticipo a microempresas, la flexibilización de pagos para pequeños negocios y el nuevo umbral de RD$30 millones tienen un impacto que va más allá de las empresas: tocan directamente el bolsillo de miles de familias de clase media dominicana.
Y aquí vale decir algo importante, en un contexto internacional complejo, con inflación global, tensiones económicas y crecientes demandas sobre las finanzas públicas, probablemente era imposible pensar que no habría ningún tipo de ajuste o esfuerzo adicional.
La verdadera pregunta era otra: ¿quién cargaría esta vez con el mayor peso? Y al menos sobre el papel, parece haber una decisión política distinta: mover una parte importante del esfuerzo hacia grandes empresas y rentas muy altas, mientras se intenta aliviar a pequeños negocios y ofrecer algo de oxígeno a la clase media.
¿Es perfecto? No. ¿Hay preguntas pendientes? Claro que sí, pero si algo ha reclamado la clase media durante años es simple: “aunque sea, piensen un poco en nosotros”.
Y quizá, solo quizá, este plan sea una de las pocas veces donde eso empieza a verse reflejado.