RDalDescubierto-Santo Domingo, RD. — En la historia dominicana hay nombres que se repiten en los libros, pero hay otros que, aun estando presentes, no siempre se comprenden en toda su dimensión. Salomé Ureña de Henríquez pertenece a este segundo grupo.
Se le recuerda como poeta, pero fue mucho más que eso.
Fue educadora, pensadora y una de las primeras mujeres en asumir la palabra como herramienta de transformación social en una República Dominicana que apenas comenzaba a definirse como nación.
Nacida el 15 de abril de 1850, en un contexto donde la participación femenina en la vida pública era limitada, Salomé Ureña rompió esquemas sin necesidad de estridencias. Su obra no se centró en lo íntimo o lo ornamental —como era común en la época—, sino en lo cívico, lo patriótico, lo formativo.
Su poesía hablaba de patria, de deber, de educación, hablaba de país.
Ella usó la poesía como herramienta de construcción nacional, en tiempos donde la República Dominicana buscaba consolidar su identidad tras la Restauración, la palabra de Salomé Ureña cumplió un rol silencioso pero determinante: ayudó a formar conciencia, no era poesía para entretener, era poesía para educar.
A través de sus versos, promovió valores como el civismo, la moral pública y la responsabilidad colectiva. En una época marcada por inestabilidad política, su obra aportó algo que pocas veces se menciona: orden emocional y sentido de pertenencia.
Y eso, en la construcción de un país, pesa más de lo que parece.
Más allá de la poesía: formar mujeres para transformar la sociedad
Pero quizás su mayor legado no está en sus escritos, sino en su acción, en 1881 fundó el Instituto de Señoritas, el primer centro de educación superior para mujeres en la República Dominicana. En un país donde la educación femenina era limitada y muchas veces secundaria, esta iniciativa marcó un antes y un después.
Salomé no solo escribía sobre el futuro: lo construía, formó a generaciones de mujeres que luego ocuparían espacios clave en la sociedad dominicana, sembrando una semilla que hoy sigue dando frutos.
Su visión era clara: no hay país posible sin educación y no hay educación completa sin la mujer.
El país que olvida a sus referentes
Más de un siglo después de su muerte, la figura de Salomé Ureña sigue siendo mencionada… pero no siempre comprendida, se le cita en actos oficiales, en efemérides, en discursos, pero su pensamiento rara vez se incorpora al debate actual y eso dice mucho de nosotros.
En una sociedad donde la educación enfrenta desafíos estructurales, donde el discurso público se simplifica y donde la formación ciudadana pierde terreno frente a la inmediatez, la vigencia de Salomé Ureña es evidente.
Pero no basta con recordarla, hay que leerla, ay que entenderla.
Una voz que sigue siendo necesaria
Salomé Ureña no escribió para su tiempo únicamente.
Escribió para un país que aún estaba en construcción.
Y lo cierto es que ese país —en muchos sentidos— todavía lo está.
Hoy, más que una figura histórica, debería ser asumida como una referencia activa. Como una voz que interpela. Como un recordatorio de que la educación, la cultura y la palabra siguen siendo pilares fundamentales para cualquier proyecto de nación.
Porque al final, su legado no está en los libros.
Está en la idea que defendió toda su vida:
que un país se construye, primero, en la conciencia de su gente.